No tan complicado (V)

Si Wiry supiera algo de blues hubiéramos mantenido buenas conversaciones, pero sólo hablaba de tequila, y mientras hablaba no podía evitar servirse otro vaso, y claro que yo le acompañaba de buen grado, era mi peor época, además ahí no sólo echaba de menos una buena conversación, sino que me costaba tener paciencia con mi peor época, o sea que aprendí a aguantar, bueno ni siquiera eso: me acostumbré a aguantar, pero no lo aprendí porque nunca lo acepté, lo hacía a regañadientes, me fastidiaba, lo hacía con toda la paciencia que podía, y era mucha, pero lo aborrecía, ahora ¿por qué lo hice?, porque tenía la sensación remota de que las cosas podían mejorar, por eso, una muy vaga sensación, pero suficiente, que me salvó de echarme a perder por completo. Entre trago, siesta y blues di con algo que podía devolverme la ilusión por seguir vivo, algo que podía regresarme la salud, la vida, y es que tenía que lograr un triunfo como los de antes para demostrarme a mí mismo, y de paso a Layna, que seguía siendo el de siempre, que había salido del bache, tenía que volver a los negocios, cerrar un trato de los buenos, pero no sabía por dónde empezar.

Una de esas tardes, mientras echaba la siesta en el café de Wiry, abrí los ojos y vi, a un palmo de mi cara, una mueca de presidiario y un flequillo peinado a la izquierda que me eran familiares, y su dueño, Wiry, estaba muy serio, así que me incorporé.

—Salte un momento —dijo―. Ha venido la inspección.

Aquel flequillo… Una noche, mientras Wiry echaba a un camorrista, el tipo le sacudió un directo justo encima de la oreja y le descolocó el flequillo, y ahí fue cuando nos enteramos de que era un bisoñé, pero hicimos como que no habíamos visto nada.

Aún estaba medio dormido cuando salí del café, me fui en metro hasta el Barrio Latino, con nada que hacer, excepto andar por las calles hasta la noche, así que rebusqué en la cartera y encontré varios trozos de papel con números de teléfono, pero no me apetecía marcar ninguno, y entonces apareció la tarjeta de Ziro Tolex, la pieza que faltaba, un billete de vuelta al mundo real. Volví a meterla en la cartera, estaba cogiendo una peligrosa costumbre, la de aplazarlo todo, la de dejarlo todo para luego o para nunca, cuando una pareja de ancianos pasó por mi lado, y escuché que el hombre le decía a la mujer: “no le des más vueltas, no es tan complicado”, y eso fue lo que dijo Ziro en el bungalow de Jenaine, allá en México, mientras yo estaba escondido detrás del sofá, o sea que después de cinco meses, acordarme de él dos veces en menos de un minuto era demasiada casualidad, un buen augurio, como diría él, y aunque no creo en augurios busqué una cabina, después de echar mano al bolsillo y recordar que había perdido el móvil, marqué su número y conseguí hablar con él, y lo mejor fue que me recordaba, hasta repitió su invitación, concertamos una cita en su mansión y la velada desembocó en un contrato, así que ahora sólo tenía que limpiar mi imagen.

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