No tan complicado (VII)

—Tengo ganas de escuchar lo que estáis grabando —dije nada más llegar, y era verdad.

—Luego —dijo Roff.

—Llevas dos días diciendo eso. Da igual si no está terminado, tengo curiosidad.

—Luego.

—Estoy aprendiendo a hablar rápido —dijo Lex.

Layna soltó una carcajada.

—¿Hablar rápido? —dijo.

—Sí, para cantar esas endiabladas hiper-parrafadas de rap, hip-hop y ragamuffin’.

—Nunca se me ocurrió que eso se aprendiera —dije—. Yo pensaba que era innato, que esos tipos eran capaces de hablar así y ya está. ¿Qué método sigues?

—Ejercicios de lectura rápida cronometrada. Hago uno que consiste en aprender frases largas, sílaba por sílaba, y recitarlas, primero a una velocidad muy baja, y luego voy aumentando la velocidad hasta conseguir decirla, sin errores, a doscientas pulsaciones por minuto. Ah, y a lo mejor contratamos un batería para los conciertos.

—Y ¿qué es ese cacharro negro de ahí?

—Una antigualla —dijo Roff. Su ironía era tan particular que nunca sabías si bromeaba o te estaba amenazando de muerte―. Una grabadora de cabeza múltiple. Sirve para producir eco y retardos en la grabación.

Estábamos sentamos en un sofá gigante de color azul gastado y yo me preguntaba cómo narices se las habían arreglado para meterlo por la puerta, aunque a lo mejor era desmontable.

—¿Por qué tanto misterio con las nuevas canciones? —dije.

—Porque valen dinero —dijo Lex.

—Mucho dinero —dijo Roff.

—Dentro un mes —dijo Lex— finaliza nuestro contrato con WGH, la discográfica. Cuando nos ficharon, claro está, no se imaginaban el éxito que íbamos a tener.

—Ni nosotros —dijo Roff.

—El contrato que firmamos es pura basura —dijo Lex―. Montones de obligaciones a cambio de un beneficio ridículo.

—Parecéis los Beatles —dije―, al menos en eso.

Estábamos en julio, y Layna y yo habíamos olvidado esa noche comprar bebidas, pero seguro que había una forma de que nos trajeran algo refrescante, aunque allí dentro no se estaba mal, gracias a un cacharro de aire acondicionado bastante viejo que desconectaban cuando iban a grabar, porque decían que el ruido de la máquina se colaba en la grabación. Roff continuó:

—Así que, en cuanto termine el contrato, exigiremos una parte del pastel mucho mayor. Y si no tragan, cambiaremos de aires.

—¿Tenéis ofertas de otras discográficas o productoras? —dije.

—Te sorprenderías —dijo Lex.

—Ya vale —dijo Roff―. Lex, recuerda que no podemos hablar de esto.

—Parece que os cotizáis —dije―. Mi enhorabuena, brindo por Extreep.

—Es verdad —dijo Lex―, no os hemos ofrecido nada de beber.

—Pero no creáis que me he tragado ese farol —dije.

—Explícate —dijo Lex.

—Primero la bebida.

Se marchó pasillo adentro en su busca, yo no iba a tomar nada de alcohol, pero sí un refresco atiborrado de hielo, del que cayeron unas gotas en el sofá azul marino gastado, que por cierto desteñía.

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