No tan complicado (XII)

Me recosté en mi sillón, bueno, un sillón de Ziro, y evité mirarle durante unos minutos, fijándome en su vaso de whisky, a punto de ser rematado por segunda vez, entonces él se levantó despacio y se sentó junto a mí, en el brazo del sillón, y después de una larga pausa dijo:

—Lo que podemos hacer es firmarles un pre-contrato antes de que dejen WGH.

—Exacto, ¿para qué esperar? Les haremos una oferta tentadora. Control total sobre el producto final. Un porcentaje sobre los beneficios del cuarenta por ciento.

—Ni lo sueñes.

—Sólo es una oferta.

—Mantén los problemas a cero y todo irá bien. ¿Tienen algún tipo de pasado oscuro? Lo que más le gusta de un grupo a la prensa es su mala reputación.

—No te arrepentirás de ficharlos. Aunque insisto: no van a ser Elvis ni los Beatles.

—Quién sabe —dijo con ironía.

Conseguí luz verde para fichar a Extreep, aunque no impresionar a Ziro, y entonces él cambió de tercio y se puso a hablarme de los jeroglíficos del antiguo Egipto, de lo importantes que eran para conocer la Historia, los orígenes del hombre y no sé qué de una nueva teoría que quería publicar, motivo por el que había mandado secuestrar a un egiptólogo alemán de mucho prestigio, de nombre Hermitz, al mismo tiempo que se interesaba por la marca de mis calcetines, diciéndome que el azul marino me sentaba bien.

En el momento de marcharme a casa, bien entrada la noche, Ziro me dijo que el todoterreno se quedaba en su garaje, que pasara a recogerlo al día siguiente, que mientras podía llevarme su Jaguar, y todo eso mientras yo rechazaba una bolsa de material que me ofrecía, diciéndole que no quería aquello para nada, él me miro como si fuera un plato de macarrones y luego me soltó lo del juicio, nada menos que una señora le había demandado por asesinato y yo tenía que testificar a favor de su buena reputación, confirmando que en el momento del crimen él estaba en Cancún.

Lo peor no era eso, sino lo de Hermitz, ¡lo que me costó disimular…!, aquello me sentó como si me atravesaran con una lanza, porque había ido a secuestrar nada menos que al padre de una de las mejores amigas de Layna, que yo no conocía, pero habían ido juntas al colegio y seguían viéndose de vez en cuando, así que yo deseaba que fuera un error, pero esa misma noche, volviendo a casa en el Jaguar, la radio informó de la desaparición de Hermitz.

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