No tan complicado (XV)

—Nadie sabe dónde está, ni podrá demostrar nada. Además, se trata de un par de días. Después volverá a su casa, contará una historia sobre su desaparición y ya está. A partir de entonces, cuando hable con él por teléfono sabrá a qué atenerse.

—Creo que ya tiene bastante susto encima.

—Todavía está verde. Piensa que puede salirse con la suya.

—Por lo que más quieras, no lo maltrates.

—Te doy mi palabra.

Yo no podía creerlo.

—¿En serio? —dije.

—Si eso te hace feliz… —y añadió en tono confidencial—: ten, un obsequio.

Giré la cabeza y ante mis narices había un revólver plateado que me ofrecía por la culata, con una inscripción en la base: “IN ICTV OCVLI”, entonces Ziro me dijo:

—Está cargado.

—¿Por qué?

—Si encuentras alguien con un arma como esta, mátalo.

—¿Por qué?

—Porque él intentará hacer lo mismo contigo.

—¿Por qué? —repetía yo como un tonto.

—Porque sólo uno de los dos puede trabajar para mí, lo que significa que el otro sabe demasiado y tiene que desaparecer. ¿Lo captas? Toma esto también.

—¿Qué es?

—Diazepam. Por si Layna se pone pesada.

Me marché de allí preocupado por lo del revólver, y también intrigado con lo del diazepam, porque si Layna se ponía pesada o no, era asunto de ella, mío en todo caso, pero darle diazepam no tenía ningún sentido.

El día del juicio estaba demasiado aturdido como para pensar, no había dormido bien y todo aquello me fastidiaba, sólo quería terminar, salir de allí y marcharme a casa a dormir, estaba harto de preguntas, de suposiciones, de los argumentos manipuladores del fiscal, de las caras de la juez, y ellos querían saber cuál era mi relación con Ziro, así que les dije que trabajaba para él, que le había conocido en Cancún, precisamente en el momento de producirse los hechos.

—Le confirmo —dije al fiscal―, que en esas fechas me encontraba en Cancún, y conversé con el señor Tolex en dos ocasiones.

Dije aquello en medio de un murmullo de confusión, algo les sonó raro, pero era la pura verdad, y el fiscal, aunque no dudaba que yo trabajaba para Ziro, buscaba la manera de mostrar delito en mis actividades, considerándome poco menos que un testaferro, por lo que pensé que me confundían con otro, y mientras me acordaba de lo que había transportado, sin conocimiento, en los bajos del todoterreno, y también el secuestro de Hermitz, y el revólver plateado, pero ellos no podían saber nada de eso, así que sólo tenía que tranquilizarme.

—Por lo que a mí respecta —dije―, el señor Tolex es una persona intachable.

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