No tan complicado (XVI)

Esto se escuchó en toda la sala, ahora sí, la atención era perfecta, ningún murmullo, ningún comentario, se quedó todo el mundo callado, mirándome durante unos segundos, y entonces la juez se frotó la frente.

—Responda la pregunta del fiscal —ordenó.

Me quedé esperando la pregunta, en silencio, el fiscal y yo mirándonos como tontos, y el silencio duró un buen rato, hasta volverse incómodo, igual que un montón de humo que no tiene por dónde salir, una situación absurda, yo esperando que preguntara, él esperando que respondiera, hasta que dije:

—¿Hemos terminado?

Esto inundó la sala de carcajadas, porque por lo visto, el fiscal ya había hecho la pregunta y yo, de lo cansado que estaba, no me había enterado, así que me la tuvieron que repetir, bueno, ni siquiera la recuerdo ahora.

Se mudó a nuestro piso una tal Io Palx, amiga de Layna, muy guapa, porque yo no era un pardillo, pero tampoco había visto nunca una mujer tan guapa, tan de cerca, tanto tiempo, y mi hermana me insistió para que la acogiéramos por una temporada, dijo que lo estaba pasando muy mal, porque acababa de dejarlo con su novio, aunque yo estaba seguro de que su madre la había echado de casa por algo relacionado con drogas o malas compañías, por eso le advertí, en presencia de mi hermana, que si traicionaba mi confianza la pondría en la calle, y aun así me desaparecieron cosas: un calendario, un bolígrafo, un colgante decorativo con forma de lira, una balanza… que no sé para qué quería todo aquello.

Una vez le pregunté si era de París y me dijo:

—No, no, yo soy argentuina.

—Dirás argentina.

—No, no, argentuina.

—O sea, que uno de tus padres es argentino y el otro…

—Soy un experimento de laboratorio.

—Vale, pero ¿dónde está ese laboratorio?

—En Suiza. Mi madre es argentina y aportó el óvulo. El espermatozoide fue tomado de un babuino.

—Y, ¿de qué país son esos?

—Son monos. El babuino es un mono procedente de África.

—O sea, que tu padre es un mono.

—Sí, sí.

—Eso no puede ser.

—Sí, sí, puede ser. Pero nunca lo vi. El que me crió fue mi padre putativo, que es austriaco. Mi madre no encontraba el momento para decírselo y al final se lo dije yo. Fue muy duro. Imagina que tienes que decirle a tu padrastro que eres hija de un mono de animalario llamado Sigmund.

—De todas formas, es imposible. No tendrías un cerebro normal.

—Ah, ah, ah. Los monos tienen un cerebro la mar de normal. Sólo que de mono.

—Me refiero a que no podrías actuar como humana.

—Claro, claro. No puedo hacerlo al cien por cien, conozco mis limitaciones. He tenido que renunciar a muchas cosas por tener un cerebro más que humano.

—¿Qué cosas?

—Pues, cosas como…, como estudiar una carrera o serle fiel a un hombre. Pero me va de maravilla.

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