No tan complicado (XVII)

Un par de días después trajo a casa un sujeto psicótico que había conocido, de nombre Bërdy, que decía que era escritor, y en cambio sí era un niñato juguetón, con voz atiplada y uñas negras que apenas me dirigía la palabra, aunque con Io estaba todo el rato charla que te charla sobre temas esotéricos.

—He pensado —decía Bërdy―, que si la esfinge sabe mi futuro, pues me la llevo a casa y la planto en medio del salón a que me adivine sin parar.

—Ah, ah. Tendrás que frotarla de vez en cuando —dijo Io.

—¿Frotarla?

—Sí, sí, eso les gusta.

—Ni hablar.

—Mira, coges un poco de crema de manos…

—No pienso frotarla, ni que yo fuera su masajista.

—Sí, sí. Hazme caso, Bërdy. Yo sé más que tú de estas cosas.

—¿Tú? —intervine―, pero si confundes una uija con una bruja, y una bruja con una brújula.

—No te metas con ella —dijo Bërdy.

—Y tú confundes una uija con un botijo —le dije.

—Pues tú —dijo él— confundes el nepotismo con el priapismo, y ambos con el cesaropapismo.

Bërdy era un pedante de cojones, pero todo tiene alguna utilidad, y soportar su presencia en mi propia casa también la tuvo, ya lo creo, y es cierto que Io tenía ese magnetismo de la televisión: en cuanto llegaba a cualquier sitio, ya nadie miraba otra cosa, pero yo no pensaba en ella, ni siquiera en mujeres, porque estaba demasiado volcado en el trabajo, aunque a ratos me acordaba de Jenaine, tan cariñosa allá en Cancún, así que cuando me enteré de que Io y Bërdy pensaban ir a una fiesta avisé a mi hermana, le pedí que fuese con ellos, y que contactase con un estudiante de pintura que vivía en el mismo piso que Bërdy, que por lo visto buscaba un representante, y le dije a Layna que tenía que convencer a aquel pintor, fuese como fuese, de que yo era su representante, tenía que conseguir que me llamase, y no dudo que Layna hizo lo que pudo, pero lo que consiguió fue que aquel sujeto nos invitase a su piso, que compartía con Bërdy y un tercer sujeto, un estudiante de música.

Dos días después, Layna y yo enfilamos con el todoterreno hacia el piso del estudiante de pintura llamado Tober, y por el camino sonó mi móvil, una llamada de Lex, me dijo que aceptaban la oferta de KREGG, así que fijamos una reunión para la tarde del día siguiente, para firmar el contrato, y desde luego que era una buena noticia, pero me supo a poco, porque daba por hecho que aceptarían, y lo mejor es que cuando llegamos a la casa de Tober había un hueco para aparcar justo enfrente de su bloque de apartamentos, y es que cuando la vida parece tan fácil es como para preocuparse, así que cuando faltaban siete minutos para las cinco, el mismo Tober, que a primera vista me pareció un Mefistófeles de tres al cuarto, nos abría la puerta de su casa.

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