No tan complicado (XVIII)

—Ah, qué puntuales sois —dijo―. Entrad.

Hacía por lo menos cinco meses que aquel piso no se limpiaba a fondo, pasamos a una habitación donde tenía varios cuadros sin acabar, montados en caballetes.

—Este es mi modesto estudio —dijo―. Acomodaos por donde podáis con cuidado de no mancharos. Esto está hecho un lío, lo sé. Y es mi deber arreglarlo, también lo sé. Oh, lo siento si digo tonterías, he pasado un montón de tiempo pintando demasiado cerca del cuadro.

—Me encanta el olor a pintura —dijo Layna.

—¿Qué quieres decir con “demasiado cerca del cuadro”? —dije.

—Me sucede —dijo Tober— que, mientras estoy pegado al lienzo, todo va bien. Pero en cuanto me alejo, aquello cambia.

Yo no sabía de qué estaba hablando.

—¿Cambia a mejor o a peor? —dije.

Él me miró extrañado, con cara de chica de calendario.

—A peor —dijo―, por supuesto.

A partir de ese momento no volvió a mirarme de frente, sino ladeando la cara en señal de desconfianza.

—Venid por aquí —dijo―, os presentaré a Diggon.

Diggon era el compañero de piso que nos faltaba por conocer, así que fuimos hasta el salón y allí estaba aquel muchacho flaco y triste, sentado en un sofá, mirando al techo, por lo que Tober hizo las presentaciones, y descubrimos que Diggon componía música rave-dodecafónica, así que sólo faltaba Bërdy para completar la colección de inquilinos, aunque ya me había encargado de tenerlo entretenido con Io para evitar que estuviera presente, así que Layna y yo nos sentamos junto a Diggon en el aquel sofá mugriento, y poco a poco empezó a entablarse una conversación sobre experiencias más allá de la muerte y su aplicación a diferentes disciplinas artísticas, y un rato después ellos pasaron a discutir sobre el uso de temas esotéricos como fuente de inspiración, en una forma de hablar propia de niños, niños que nunca han tenido que esforzarse mucho por tenerlo todo, y daban un poco de grima, pero para mí es fácil relacionarme con la gente, aunque no me gusten del todo, y entonces nuestro anfitrión, además de tener una ducha pendiente desde por lo menos semana y media, empezó a mostrarse impaciente.

—Bueno, ¿qué te parece lo que has visto? —dijo refiriéndose a sus cuadros.

—Me gustan bastante —dije.

—¿Sólo bastante? Entonces olvídalo, tío. No te necesito. No quiero un representante que confíe “bastante” en mí. Quiero uno que confíe en mí por completo. ¿Entiende la diferencia, señor Beleve?

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