No tan complicado (XIX)

Se me ocurrió una frase genial que lo hubiera dejado en ridículo, pero me contuve y dejé que me resbalaran las palabras de aquel niñato.

—Desde luego —dije―, pero creo que eres tú el que no me entiende.

Me hundí en el sofá mugriento y extendí las piernas para adoptar una posición más informal.

—No he debido expresarme del todo bien —dije―. Lo que quiero decir es que al margen de tu obra, que me parece excepcional, todo artista necesita realizar ciertos cambios si quiere entrar a formar parte del circuito comercial.

—¿Qué clase de cambios, cortarme el pelo?

Diggon apretó los labios para detener una carcajada que le salió por la nariz, a modo de pedorreta, y Layna también se rió, pero ella por darse cuenta de la paciencia que yo estaba derrochando.

—Necesitas un nombre artístico —dije―. ¿Cuál es tu apellido?

—Wolecks —dijo, y después lo repitió letra por letra.

—Muy bien. Yo propongo cambiar Tober Wolecks por un nombre más corto, fácil de pronunciar y fácil de recordar. Un nombre de pocas sílabas con impacto, con… cierto misterio.

Tober meditó esto último sin dejar de mirarme, girando caprichosamente la cabeza hacia Diggon, porque quizá había cometido un error al tratarme con esa superioridad de malcriado, y yo sabía vender porque sabía convencer, y sin duda yo era el tipo que necesitaba, y en ese preciso instante lo supo.

—Me gusta —dijo―. ¿En serio piensas que mi obra es excepcional, como acabas de decir?

Su tono de voz había cambiado.

—Lo es —dije―. Te conseguiré un nombre artístico rompedor. Redactaré unas líneas que ensalcen tu obra, que la pongan al nivel que merece. Soy muy bueno en eso. También voy a necesitar fotos de tus cuadros para hacer un catálogo y una página web. Mañana mismo te enviaré al fotógrafo. Pero todo esto, claro, si quieres que trabajemos juntos.

—Desde luego.

—Muy bien, firmaremos un contrato en regla. En cuanto lo tenga listo te avisaré.

Minutos más tarde, Layna y yo recorríamos la autopista en dirección norte, a bastante velocidad, en completo silencio, hasta que ella dijo:

—No te acabo de comprender, Candôme. ¿De verdad crees que ese infeliz es un artista, que tiene posibilidades comerciales?

—Podría tenerlas. No es más que uno de tantos estudiantes de pintura, pero hoy en día pueden ganar un montón de pasta y hacerse famosos si se saben relacionar… o cuentan con alguien que lo haga por ellos.

—Te va a costar vender esos cuadros.

—Lo sé, pero me da igual. El motivo de esta visita no era hacer negocios con ese mequetrefe, sino… algo que no tiene nada que ver con el arte. Aunque sí con los negocios. Ese niñato es el hijo de Ziro Tolex.

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