No tan complicado (XX)

Layna me lo hizo repetir, no sé si es que le resultó extraño o que no lo escuchó, porque su ventanilla estaba abierta un par de centímetros, y el aire que entraba hacía mucho ruido.

—Sí, es hijo de Ziro —dije―. Tenía mis dudas, pero lo supe en cuanto le vi. Se peleó con su padre el año pasado. La vida bohemia es divertida a los veintiuno recién cumplidos, sobre todo cuando papi te ingresa un buen pico en la cuenta todos los meses.

—¿Cómo sabes eso?

—Te lo digo si tú me dices cuándo vas a dejar de subestimarme.

—O sea, que riñe con su padre pero acepta su dinero.

—Exacto, no tiene un pelo de tonto. Aunque se haya cambiado el nombre.

—¿No se llama Tober?

—Sí. Legalmente, sí. Pero se lo cambió cuando cumplió la mayoría de edad. Un simple cambio de sílabas, la primera de cada palabra. Después cambia la terminación “ecks” por “ex”, que suenan idénticas, y ya está. Así es como Wober Tolex se convirtió en Tober Wolecks. Ahora es mi cliente.

—Menudo cliente.

—He dado orden de matarle si me ocurre algo.

—¿Qué dices?

—Lo que oyes: que si a mí me ocurre algo, van dos tipos al piso de ese niñato y se lo cepillan.

—Pero ¿te has vuelto loco? ¿Qué ganas con eso?

—Nada. Pero es lo que más le dolería a Ziro.

—Menos mal que no te creo capaz.

—Ya lo veremos.

Fuimos a tomar una cerveza, después fuimos a mi piso y pescamos a Io en desabillé, con el teléfono fijo en la mano, una línea que no usaba, pero que tampoco había dado de baja por falta de tiempo.

—Anoche, igual —dijo―. Llamaban y colgaban.

La miré a los ojos.

—¿Anoche? —dije―. ¿Y por qué no me avisaste anoche, di, por qué?

No creo que sus ojos se pudieran abrir más, y eran realmente grandes.

—Io —dije―, esta es mi casa. ¿No crees que si encuentras algo raro, como esas llamadas, deberías decírmelo? ¿No crees? ¿En qué crees tú, en los milagros?

—No, no y no. Soy hija de Tot. Soy una semidiosa —me enseñaba la pulsera que siempre traía puesta, una cruz con el palo de abajo en forma de gota—. No puedo más. Mi padre desaparece sin decir nada y yo me estoy volviendo loca. ¡El mejor egiptólogo de Europa! No puedo más.

—¿Hermitz es tu padre?

—Sí.

—Pero él es alemán. Dijiste que tu padre era austriaco.

—Nació en Austria, pero le dieron la nacionalidad alemana hace cinco años. Mi padre es Lalo Hermitz, él me crió. Tengo mucho miedo. Por favor, ayudadme. Por favor.

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