Test (IV)

Deker curiosea por encima del hombro azul marino del abrigo.

—No te gires —dice el viejo—. No deben vernos hablando.

El conductor les lanza una mirada furtiva desde el retrovisor. Deker finge leer el monitor de teletexto que cuelga del techo, entre ronroneos del motor.

—Lo siento —dice—, pero no entiendo…

—Confía en mí, soy tu única salida.

El seto central de la avenida amarillea bajo las farolas. En la acera de enfrente varios artistas ambulantes, jóvenes y sucios, recaudan las últimas monedas de la jornada. El viejo continúa:

—Después de todo, no tienes nada que perder. No estás satisfecho con tu vida. Se te nota en la cara. Tienes cara de esclavo, como todos los de esta ciudad.

Deker pone los ojos en blanco.

—Lo que usted diga, caballero —dice.

—No me hables de usted, hombre. Voy a decirte una cosa. Y por favor, no hagas ningún movimiento sospechoso. Me envía Selgar.

—¿Rubén? ¿Qué sabes de él?

—El profesor y yo somos buenos amigos. Siempre dice que desde que llegó a la colonia es un hombre nuevo.

—Buena noticia. Pensaba que lo habían…

El chirrido de frenos del helibús ahoga la frase de Deker. En total hay cinco pasajeros a bordo. Cuatro en los asientos verdes pintarrajeados y uno de pie.

—Tenías que haber empezado por ahí —dice Deker—. No he tenido un buen día, y pensaba que eras un chiflado. ¿Te dio el profesor algún mensaje para mí?

—Te aprecia mucho. Te pone por las nubes. Dice que eres la persona con más bondad y con más paciencia del mundo. Me encomendó que os sacase de aquí, a ti y a tu mujer.

—Ah, no. Cualquier cosa menos eso. Mi mujer siempre ha querido que nos marchemos, pero… Ya lo hemos hablado, mi trabajo está aquí, y es apasionante, no me considero ningún esclavo de nadie y sí, las cosas van mal, pero hay que tener paciencia con este gobierno. La culpa de la crisis la tiene la despoblación, pero pronto se va a arreglar. Están tomando medidas.

—Vivimos en medio del campo. Apenas circula dinero. Hacemos muchas cosas juntos. Nos ayudamos, intercambiamos conocimientos, cultivamos el cuerpo, la mente y el espíritu. La energía es gratis. El profesor y yo instruimos a los jóvenes. Tú podrías echarnos una mano.

—Me alegro por Rubén. Siempre ha sido un entusiasta de ese estilo de vida, pero yo no creo en soluciones campestres. Siento que hayas hecho el viaje para nada.

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