Test (VI)

—Escucha —dice el viejo—, te han tomado el pelo. Tienen dinero de sobra, y a la policía no le falta de nada. Yo fui el primero en diseñar cacharros como este que nos lleva, propulsados por energía solar. Energía gratuita, así que no deberíamos pagar por usarlo.Mira por la ventana. ¿Ves todas esas luces? Pues la petrifarola limusplenda también es obra mía.

—La petri es un invento notable. A nadie se le había ocurrido construir farolas en piedra y colocarles balones de arcilla de propiedades luminosas. ¿En serio la inventaste tú?

—Tengo que marcharme. Conozco una forma segura de salir de aquí. Si cambias de opinión contáctame mañana por la mañana.  Mi número de móvil está en el texto que te he dado. Toma la letra inicial de cada frase del primer párrafo tal como vienen. Luego, sustitúyelas por su número de orden en el alfabeto y tendrás mi número de móvil. Tiene siete cifras porque…

—Sí, ya sé.

—Recuerda: energía gratuita. Hazme caso, por lo que más quieras. Propaga esta información.

El viejo se levanta, se apea por la puerta recién abierta del helibús y se pierde de vista.

Deker vuelve a mirar el monitor de teletexto que cuelga del techo. Saca su móvil y teclea el número de Nathalie. Al momento aparece su esposa en la pantalla.

—Al salir del trabajo vi a la niña —dice Deker—, me conecté desde el móvil a la cámara de la guardería. Intentaba enseñárselo esta mañana al inspector, pero…

—Deker…

—Mira lo que me acaba de entregar un viejo que venía de la colonia —Deker coloca una de las octavillas de propaganda delante del móvil para que lo lea su mujer.

—Convéncele para que venga a cenar a casa, quiero hablar con él.

—Se he marchado. Pero tengo su número. Ah, y conoce a Rubén. Dice que vive en la colonia.

—Deker, han arrestado a los Carlengo.

—No puede ser.

—Que sí. Me han dicho que hace una semana les visitó un inspector de padres.

—Tranquila, volverán.

—Deker hay que marcharse de la ciudad como sea.

—Calla, podrían oírte. Hemos hablado de esto millones de veces. Aguanta un poco. La crisis terminará pronto. El viejo me ha dicho que conoce una manera segura de salir, pero no me fío, y con la niña es muy arriesgado.

—Pero ¿es que no lo ves? Nos la van a quitar. Estoy harta de ser una contribuyente resignada. Tenemos un pie en el Hospital Nacional Psiquiátrico Paterno. A ti te enviarán al pabellón de hombres y a mí al de mujeres. Nos enchufarán a la máquina y chin-pún.

—Cuando llegue lo hablamos.

—Como quieras. Pero voy a ir haciendo las maletas.

—Tiene que bajarse aquí —dice el conductor del helibús—, es la última parada.

Deker se apea del helibús en el límite de seguridad de la ciudad, antes del canal, a media hora andando de su casa. Intenta hablar con Nathalie, pero la comunicación se ha perdido.

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