Test (VII)

Deker atraviesa el barrio sin ver más que un gato en tres manzanas. En casa, Nathalie le acaricia las manos a la niña, hundida en la cuna hecha con cuerda de escalar. Deker pasea su sombra por la avenida, bajo la luz de las petrifarolas, una esquina, otra más. De vez en cuando, le llega del otro lado del canal una ráfaga de aire con sabor a neumático quemado.

Cada vez está más convencido de que el inspector que les visitó por la mañana exageraba. Lo ha hecho para asustarles, para que espabilen. No es que sean malos padres, pero el gobierno exige una paternidad cada vez más responsable por el bien de los niños, y hay que estar a la altura. Todo se va a arreglar.

Diez minutos después, al cruzar una calle desierta, escucha risas. A su derecha, como a cincuenta metros, hay un coche de policía algo viejo y polvoriento, con dos uniformados dentro. Fuman y bromean. Las risas aumentan. Deker puede ver el brillo de sus placas. Continúa caminando, tratando de aparentar soltura y seguridad.

Arranca de un latigazo el coche y resopla como un toro enfadado, con los faros encendidos. Deker mantiene el rumbo y la velocidad, pero el ruido del motor se le acerca. Sabe que es inútil echar a correr. Se gira. Ladra el policía que conduce:

—Quieto donde estás.

Deker se da la vuelta. El parachoques del coche se detiene a treinta centímetros de sus rodillas. Los faros le ciegan.

—Mira qué regalito —dice el otro policía.

—Tú —dice el conductor a Deker—, ¿qué te ronda por la mollera, descastado? Seguro que se te ha descompuesto el GPS.

Deker sonríe:

—Tiene razón —dice—. Uno no se puede fiar de esos aparatos.

—Parece que llevas una gallina ahí debajo, encanto. Quieres que te pegue un tiro, ¿eh?

Mastican unas risotadas que se confunden con tres disparos no muy lejos de allí, pero se van terminando las ganas de jugar. De la luz de los focos emerge el otro policía, que le toma por el codo y le obliga a darse la vuelta, después le coloca las esposas y lo encamina a la puerta trasera del coche. El policía huele a sudor. Le abre la puerta y le fuerza sentarse en el asiento trasero del coche, presionando con su mano la cabeza de Deker, pero no cabe. El policía presiona más la cabeza. No hay manera.

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