Test (X)

Nathalie abre la puerta de casa, pero no ve a nadie. Se acerca a la escalera y escucha durante un rato. Nada. Se mete en casa, cierra la puerta y rompe el papel en pedazos muy pequeños.

A las cuatro de la tarde, en el sótano de las columnas, Deker tiene las ataduras ya casi bajo la piel. Su guardián le conecta unos electrodos de hidrocristal, que a su vez van conectados a una máquina cuadrada de color blanco sucio, colocada sobre una mesa. Al lado de la máquina, el guardián está intentado fijar algo para que se mantenga de pie.

—Aquí tuo mobil —dice al terminar.

Deker reconoce su móvil. La pantalla va ganando luz y termina mostrando a su hija captada por la videocámara de la guardería, jugando con un montón de pequeños bloques de plástico de colores. Como un científico que acaba de hacer un descubrimiento, los atrapa de uno en uno y los deja caer. Deker se despide mentalmente de Single, imagina que acaricia la piel de su cara, que le da el último beso. Una cuidadora toma a la niña en brazos. Single descubre la videocámara que le apunta y se la queda mirando con expresión de curiosidad. La cuidadora, como leyendo el pensamiento de Deker, acaricia el cabello de la niña y le da un beso.

Alrededor de Deker hay tres nuevas cámaras, con sus respectivos micrófonos, listas para filmar. La máquina emite un breve pitido. Él nota que le cuesta respirar. Minutos después, otro pitido. Siente un dolor penetrante en su hueso sacro, como si se lo hubiera fracturado. Se esfuerza por gritar, pero sus cuerdas vocales han sido neutralizadas. Evita mirar a su hija en la pantalla del móvil que tiene justo enfrente.

Nathalie llega al salón de máquinas recreativas. Un lugar oscuro apenas iluminado por el brillo de las pantallas. Luces de colores que revelan palancas de joystick, botones de plástico, ranuras para las monedas. Cualquiera de los allí presentes podría ser quien busca. Al fondo se oye el tintineo nervioso de una máquina de pinball. Dos tipos con pinta de proxenetas se le acercan por detrás, le tapan la boca y la sacan de allí sin que nadie deje de jugar. La llevan a una calle poco transitada, la ponen contra la pared, le obligan a entreabrir las piernas y le efectúan un cacheo reglamentario.

—¿Dónde está la niña? —dice uno de ellos.

—No te lo diré.

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