Test (XI)

—Somos de la Secreta —dice—. Está usted detenida. ¿Dónde leches está la niña?

—En la guardería.

En el sótano, Deker empieza a notar un creciente hormigueo en los muslos que se hace intenso por momentos. Apenas puede ya sentir los glúteos. De nuevo intenta gritar y es inútil. No siente la cadera. Está convencido de que se va a desmayar de un momento a otro. Siente la boca reseca, y lo mismo la piel, como si hubiera tomado el sol durante un día entero. Se le empieza a agrietar a la altura de los tobillos, los codos, las sienes… Hay un picor insoportable en su nariz y un dolor abrasador en los dedos de los pies, como si le hubiesen extraído de golpe todas las uñas.

La puerta del sótano se abre, y poco después alguien arranca de cuajo la toma de corriente de la máquina. Los dolores de Deker empiezan a remitir. El que ha desconectado la máquina le quita la mordaza:

—Policía —dice—. Identifíquese.

Deker, hambriento y depauperado, apenas puede contestar. El otro policía transmite por la emisora su posición y los datos de Deker, mientras juega con su chapa. Deker explora su cuerpo: la cadera, las sienes, mueve los dedos de los pies… Todo está en su sitio, funcionando como siempre.

Pasadas las ocho, la pareja, fuertemente custodiada, comparece ante el juez de guardia. La vista es rápida. La columna vertebral del juez desaparece en el interior de su cráneo, a la altura de las cervicales, para asomar después por la coronilla, ensartándolo a modo de brocheta. El fiscal va sin afeitar y se peina con un flequillo que le tapa el ojo derecho, lo que le da cierto aire de pirata. Tiene prisa por terminar:

—Anoche —dice—, una patrulla detuvo al reo cerca del límite de seguridad, y le acompañaron a su casa. Pero hoy no fue a trabajar, lo que puso en alerta a la policía. Por eso, se detuvo esta tarde, como medida cautelar, a su esposa, cuando se disponía con toda certeza a reunirse con él. Poco después, esta misma tarde, se ha encontrado al reo en un sótano situado fuera de la zona de seguridad, lo que confirma que tenían un plan de fuga. Por quebrantar la Ley Nacional de Protección Ciudadana pido para ellos la pena máxima.

En casos como este, la presencia de letrado no procede. El juez bien podría realizar con su cuello un giro de trescientos sesenta grados, y algo más, sin que le rechinasen las vértebras. Habla muy despacio, con voz grave, sin abrir la boca más de lo que se necesita para pronunciar una “u”:

—Todos sus bienes —dice— pasan desde este momento a ser propiedad del Estado. La niña será re-educada bajo la supervisión directa del comité de Adaptación. En cuanto a ustedes dos, el Estado les condena a vegetar en estado de felicidad virtual asistida, durante seis horas consecutivas, contadas a partir del momento de su conexión, periodo tras el cual serán desconectados y morirán.

—Basura de bio-autómata —dice Nathalie por lo bajo.

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