Test (XIII)

Pasadas las nueve y media, se sientan frente al director del hospitanatorio en su despacho. Nathalie se hunde en su silla. Deker experimenta con distintas posturas. El director lleva una barba negra y espesa. Un mechón de pelo le cae hasta las gafas de pasta, de pocos aumentos. Se enciende un cigarrillo, a pesar del cartel que lo prohíbe en todo el recinto. Montones de títulos y menciones de honor cuelgan de la pared a su espalda, reforzando su autoridad, incluyendo el premio de “Padre del Año”. Mientras les observa por encima de las gafas juega con un abrecartas en forma de puñal, que abandona por un bolígrafo.

—Empezaremos por usted —dice—. ¿Color de ojos?

—Indiferente —dice Deker.

—¿Es creyente?

—No tengo tiempo.

—¿Drogas?

—No, gracias. Todas para usted.

El director da una chupada al cigarrillo y expulsa el humo sin ninguna prisa, mirándole de frente a través de la mesa que le sirve de trinchera, llena de dossiers, papeles y fichas. Después, baja la vista y escribe algo en la ficha de Deker. Interroga a Nathalie. Mismas preguntas, mismas respuestas.

—De pequeña —dice el director— le daban miedo los perros, ¿verdad? Seguro que era de esas chiquillas que, perro que encuentran, perro que les ladra —Nathalie no responde, ni siquiera le mira—. Es por el miedo. Ellos huelen el miedo. Sí, tiene pinta de eso. De eso y de tener una madre de las que siempre llegan tarde y dan la nota.

—Sí, claro —dice Deker—, y usted vivía tan cerca de su colegio que su madre le llevaba el almuerzo.

El director se ajusta las gafas y mira a Deker tratando de leer algo en sus ojos. Apaga el cigarrillo, guarda ambas fichas en un fichero de plástico transparente. Redobla con los dedos amorcillados encima de los papeles.

—Forma parte del procedimiento —dice— informarles de lo que ocurrirá mañana, en el momento en que tanto sus cerebros como sus cuerpos queden conectados a la máquina y controlados por ella. ¿Tienen idea de lo que hace esa máquina?

No responden.

—Bien —dice el director—. El programa que utilizamos…

—Tengo que ver a mi hija —dice Nathalie—. No puedo seguir así, no puedo estar separada de mi hija. ¿Es que nadie lo entiende?

—Como decía, el programa que utilizamos es Life Builder, en su versión tres. Se les sedará y se les conectarán unos electrodos de hidrocristal en la cabeza. Cuando despierten, todo lo sucedido en esta última semana quedará borrado para siempre de su memoria. Retrocederán en el tiempo una semana y continuarán viviendo como si su detención o esta charla no hubieran tenido lugar. Sólo que su nueva vida será virtual. Morirán con más de ochenta años, aunque de forma clínica lo harán unas horas después. Es un efecto de aceleración biológica que consigue el programa. De esta forma es capaz de comprimir sesenta años de vida virtual en tan sólo seis horas.

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