Test (XV)

El director se echa hacia atrás, respaldado por sus diplomas, y se les queda mirando unos instantes.

—Al menos no nos dolerá —dice Deker.

—Me alegra que, al menos usted, haya entrado en razón. En cuanto a su mujer, todavía dispone de esta noche para asumirlo. Mañana a las ocho procederemos con ustedes. Normalmente no se empieza hasta las diez, pero yo soy quien tiene que firmar su acta de defunción, y mañana tengo que marcharme más pronto. Es el cumpleaños de mi hija y… bueno, ya saben cómo se ponen los niños. Es capaz de matarme si me retraso. Y ya no tengo más que decirles. Ha sido un placer conocerles.

Se levanta y les estrecha la mano sin ganas.

Avanzan en silencio por el pasillo, escoltados por dos celadores malcarados y velludos. Las paredes verde barbería lucen desconchados aquí y allá, uno de ellos bastante grande, junto a una de las papeleras cilíndricas de metal oxidado. Al llegar al ventanal del extremo de la planta, el pasillo se divide en dos. Tienen que despedirse. Ella mira a Deker, que cae al suelo en redondo.

—Ahora se nos desmaya —dice un celador.

Es el que sujeta a Nathalie, mientras el otro se agacha a inspeccionar a Deker. Le toma el pulso un instante, hasta que este le sorprende con un formidable cabezado en plena cara, que lo pone a sangrar y a gritar como un loco. Su compañero se lleva la mano al táser, pero Deker le propina una patada en la rodilla que le hace perder el equilibrio y besar el suelo.
Deker se incorpora de un salto y toma a Nathalie del brazo.

—Vamos —dice.

Corren por el pasillo hacia las escaleras. La huida pilla a Nathalie desprevenida. Nota que su cuerpo no es lo bastante ágil. Deker tira de ella y le está lastimando el brazo. Varios celadores bloquean las escaleras, táser en mano. Los que les persiguen se van acercando. Deker, hace gestos con las manos para que se detengan.

—Tranquilos —dice.

Un par de celadores descargan sus táser sobre el cuerpo de Deker.

—Si no les quedase un día —dice uno— les íbamos a apañar como corresponde.

Minutos después, en su habitación, Nathalie mata el tiempo mirando a través de los cristales enrejados. Hay un centro escolar en construcción al otro lado de la tapia que rodea el hospitanatorio. Gracias a las luces exteriores del edificio puede entrever la grúa, un balde verde oscuro manchado de cemento, varios pallets apilados. Se sienta en el borde de la cama envuelta en una manta beige, a dejarse atrapar por las baldosas negras del suelo, las paredes del mismo verde que el pasillo, la ventana con su marco blanquecino, la reja de acero para evitar suicidios y fugas. Una reja de metal brillante, tan fría como la celda, de la que su único radiador apenas calienta. Nathalie se acuerda del inspector: “Aquí hace frío”. Se arrebuja en la manta.

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