Test (XVI)

Media hora después, le traen una cena que no quiere probar. Una piedra minúscula se estrella contra el cristal de su ventana. Hace tal ruido que ella piensa si no habrá roto el cristal. Temiendo recibir una pedrada, duda unos instantes antes de asomarse. Puede distinguir un niño al otro lado de la tapia, camuflándose en las sombras junto a su pandilla. Vuelve a sentarse en el borde de la cama. Se entretiene escuchando los ruidos del pasillo: una sinfonía de pisadas que llegan y se alejan, de voces de mando, de camas rodantes arrastradas sin ninguna prisa. Nota cómo le va entrando sueño.

Llaman a su puerta. Nathalie tarda en reaccionar. Vuelven a llamar.

—Abra —es la voz de un celador—. El director quiere verla.

Dos celadores la escoltan hasta el despacho del director. Ella estaba ya medio dormida y la tienen que llevar casi en volandas. El director fuma detrás del escritorio y la mira por encima de las gafas. Nathalie vuelve a sentarse en la misma silla de antes. Él baja la mirada. Un escalofrío le recorre la espalda. Mira sus dedos, entrecruzados sobre la mesa. Separa las manos y las junta por la palma.

—Usted es geóloga —dice—, y debería entender que… No, olvide lo que he dicho.

Las manos giran, se acarician.

—Mire, yo tendría que estar ahora mismo llegando a mi casa, pero…

Separa las manos. Continúa con el juego.

—Primero ustedes llegan a última hora, y después usted… —levanta las cejas—. He estado escuchando la grabación de su entrevista —mira al fondo del despacho—. Tengo que reconocer que no escuchaba una voz como la suya desde hace muchos años. Esa voz suya es tan… no sé, tan sensual —vuelve a mirar sus manos—. Cuando dice “hija” uno desearía morir —la mira a la cara—. ¿Comprende lo que le digo?

Nathalie tiene mal aspecto. Las palabras del director le aburren y le incomodan a partes iguales.

—Si usted quisiera… —se muerde el labio—. Ya sabe, soy el director. Puedo conseguir una habitación para los dos, un par de horas serán suficientes… Sabe que puedo ayudarla. Puedo sacarla de aquí. Yo firmo su certificado de defunción, luego usted se marcha a la colonia y no vuelve por la ciudad. ¿Qué le parece? No puedo hacerlo por su marido, pero sí por usted.

—Mi hija…

El director baja la cabeza.

—Eso es —dice—, repítalo.

—Ella viene conmigo.

—No, eso sí que no depende de mí. Su hija debe estar ahora mismo en el Centro Nacional de Adaptación número siete.

—Entonces, nada.

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