Test (XVIII)

—Nathalie. Eh, Nathalie.

Pero ella no responderá. Sus funerales se celebrarán al día siguiente. Deker, allí plantado mirando el ataúd, tan serio, tan solo, y la niña sin comprender qué ocurre. Al día siguiente, más soledad, y al otro, y al otro, hasta que el tiempo empieza a cerrar las heridas, Nathalie se desdibuja en la memoria para convertirse en recuerdo sagrado, para Deker y para Single, que ya camina, luego aprende a leer, su padre se vuelve a casar con una colega de ZetNet, de nombre Sandra, y después la niña deja de serlo, empieza a verse con un chico que dice quererla, y una tarde, después de estar juntos, Single vuelve a casa y encuentra a su padre acostado en la cama, muy enfermo, y al día siguiente la enfermedad se convierte en sueño profundo.

Nathalie apenas consigue abrir los ojos. Tiene un nudo en el estómago. Fuera brilla el sol, y al otro lado de la tapia del hospitanatorio la grúa gira despacio, para situar el balde verde oscuro junto a un camión hormigonera. Minutos después, la grúa gira en sentido inverso y coloca el balde sobre el forjado del último piso, el segundo, donde unos peones descamisados lo esperan para vaciarlo dentro de un cofre. Ella, en su aturdimiento, no deja de pensar, que venga, que venga de una vez, quiero escapar de esta pesadilla, Single, hija mía, no sufras más, no te preocupes, mamá está en camino, y a ti, cariño, tengo muchas ganas de volver a verte, si todo va bien cenaremos juntos, brindaremos con vino tinto. Pero, ¿y si no viene? ¿Y si se niega a corresponder? Que venga de una vez, por favor, que venga. Le molesta el ruido de la hormigonera, hace temblar los cristales. Un celador abre la puerta.

—Acompáñeme —dice.

Nathalie casi no puede caminar. Un buen rato después, llegan a la planta baja. El director está a unos metros de la entrada, charlando con un anestesista. Lleva unos papeles en la mano. Se le acerca el celador sujetando a Nathalie. El corazón de ella empieza a latir con fuerza al ver las puertas, y un poco más lejos la reja de acceso al recinto.

—Tengo que firmar esto —dice el director.

Pero ninguno de los presentes lleva un bolígrafo, por lo que el celador es enviado a buscar uno. Deja a Nathalie apoyada contra una columna. El anestesista intuye que el director quiere hablar a solas con Nathalie y se despide. El director sujeta el brazo de ella.

—Anoche estuvo usted fantástica —dice.

Nathalie sacude el brazo.

—Y usted me prometió un taxi —dice.

—Le está esperando ahí fuera. No se preocupe por el dinero, el taxista nos pasará la factura.

—¿Es que no va a acompañarme? Prometió venir conmigo para ayudarme a recuperar a mi hija.

—Eso es, repítalo unas cuantas veces antes de irse… No, mire, eso ya está solucionado. Solo tiene que ir al Centro Nacional de Adaptación número siete, identificarse y preguntar por la niña. Está en Flasser, ciento cincuenta y ocho.

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