Test (XIX)

Deker despierta poco a poco. Escucha ruidos a su alrededor, siente que hay alguien allí con él, alguien que va de un lado a otro y, de cuando en cuando, tropieza con su cama. Le cuesta hablar, llama a su hija, ¿o piensa que la está llamando? Hay una grieta en el techo que no recuerda haber visto antes. Ni tampoco la cara del celador que está allí de pie, a su izquierda, con esa mirada tan triste. Nathalie no está en su cama.

—Se acabó —dice el celador—. Póngase los zapatos y venga conmigo.

Deker no entiende lo que ocurre. Está mareado, tarda más de lo normal en levantarse, en colocarse los zapatos, en empezar a caminar del brazo del celador. Salen al pasillo del hospitanatorio. Se cruzan con otro celador que retira una cama rodante del cuarto de máquinas de al lado. Al pasar junto a él, Deker consigue ver la cara del paciente. Es la señora Carlengo.

En el despacho del director aún flota el humo del último cigarrillo. El olor incomoda a Deker, que trae el estómago revuelto. El celador que le acompaña lo deja caer sobre una silla, frente a la mesa del director, donde los papeles siguen esperando una corrección manuscrita, una grapa, una firma, su archivo, su destrucción. El director se entretiene haciendo girar sobre la mesa el abrecartas en forma de puñal, a modo de ruleta. De tanto en tanto, observa a Deker por encima de las gafas.

—He de reconocer que es afortunado —dice—, aunque no lo parezca. Eche un vistazo.

Le entrega un folio con membrete del Ministerio de Justicia y Equidad. Deker no consigue leerlo.

—Se lo resumo —dice el director—. Su sentencia queda anulada. Por lo visto, el inspector que les visitó ayer era un sujeto depresivo y tontorrón, pero su informe favorable forzó al tribunal a revisar su caso, y les han concedido el indulto. Es bastante frecuente. La orden ha llegado a las nueve, lo que quiere decir que en un día normal se hubieran librado de la conexión, pero como hoy hemos tenido que empezar antes… Claro está que se le impondrá una multa por agredir a un celador anoche. Recibirá la notificación. Ande, váyase. Su mujer ya se ha marchado.

Deker recibe sus pertenencias en la planta baja: su móvil, inservible por falta de batería, las llaves de casa y su cartera con algunos documentos. No tiene dinero, ni siquiera unas monedas para llamar a Nathalie desde una video-cabina pública. Tampoco para un taxi, así que tendrá que caminar unos tres kilómetros hasta su casa. Pero nada le importa. Está contento de ser libre, de saber que también lo son Nathalie y Single, que le están esperando en casa… No hay duda, es uno de los días más felices de su vida. Piensa en comprar una botella de vino tinto y algún otro detalle.

A cuatro calles del hospitanatorio encuentra una video-cabina pública. Alguien podría prestarle dinero para una llamada. Descarta la idea al comprobar que la cabina ha sido brutalmente inutilizada. El auricular ha desaparecido. La pantalla, agrietada, cuelga de los cables que la hacían funcionar.

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