Test (XXII)

El viejo sujeta el volante con la mano izquierda, y con la derecha ajusta el retrovisor.

—¡Cuidado! —dice Nathalie.

El coche esquiva un camión, da un bandazo hacia el lado derecho de la calle y apunto está de golpear a un motorista. El viejo frena en seco, a punto de saltarse un semáforo en rojo.

—¿Te encuentras bien? —dice Nathalie.

—Sí, no es nada. Me distraje un segundo.

—Puedo conducir, si…

—Estoy perfectamente.

La voz del viejo suena áspera. Nathalie le observa con disimulo mientras se gira para ver a Single.

—Ha sido ese camionero estúpido —dice el viejo.

—Siento decir esto, pero… He olvidado algo.

El viejo guarda silencio. Atraviesan una zona residencial. Casas grandes, de dos plantas, con extensas parcelas ajardinadas.

—¿Sería posible que volviésemos a mi casa? He olvidado…

—No hay tiempo.

—Podríamos parar en una gasolinera. Necesito comprar agua para preparar el biberón de la niña.

—Estamos cerca.

—¿Cerca? Si todavía no hemos salido de la ciudad.

—Primero tenemos que cambiar de coche. Para despistar a la policía.

Recorren cinco cuadras sin hablar.

—Ya hemos llegado —dice el viejo.

El coche se detiene. A la derecha, empotrada en un muro de piedra gris de tres metros de altura, hay una puerta de doble hoja de madera lacada. El viejo acciona un mando a distancia y las hojas empiezan a separarse, pivotando hacia el interior, para mostrar la oscuridad de un garaje. La casa tiene dos alturas y está rematada por una buhardilla. La parcela que la rodea, toda de césped y con algunas palmeras, parece muy extensa. El viejo enciende los faros y dirige el coche despacio hacia la oscuridad, hasta toparse con una pared de cemento. El viejo detiene el motor y apaga los faros.

—Baja —dice.

Sale del coche. Ella abre su puerta y sale. La oscuridad en el garaje es casi total.

—¿Dónde está el otro coche? —dice ella.

Antes de que Nathalie pueda reaccionar, un hombre que huele como a gasolina la toma del brazo con violencia, la golpea un par de veces y la empuja contra el coche. La sujeta por detrás mientras otro clava brutalmente una jeringa en su muslo derecho. El viejo se acerca y le da un bofetón.

—Eres insoportable —dice—. ¿Sabes lo que les ocurre a las niñas insoportables como tú? Pues que terminan igual que los incautos como tu marido. Sí, yo lo mandé atrapar, y consiguió escapar. Pero ahora te tengo a ti, y gracias a ti voy a saldar mis deudas con esos caballeros. Nunca he estado en esa estúpida colonia, ni tampoco he hablado con ese estúpido Rubén, sobre todo porque fue eliminado hace dos meses.

Las piernas de Nathalie se aflojan. Pierde el conocimiento.

—La niña —continúa el viejo— la voy a vender por separado, porque vale mucho más que vuestras estúpidas vidas. ¿Me oyes?

El viejo dice a los hombres:

—Se la lleváis a Sijven. A ver si esta no se escapa.

El viejo vuelve a subir al coche y sale del garaje marcha atrás.

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