Test (y XXIII)

Deker llega a casa. Siente que Nathalie ha estado allí. Pone a cargar el móvil y marca su número, pero no obtiene respuesta. Habrá ido a recoger a Single, no puede tardar. Sale a comprar la botella de vino y un ramo de flores, uno bien grande, para coronar el día. Aquel viejo del helibús tenía razón: en la ciudad sólo hay esclavos, marionetas. A lo mejor se puede contactar con él todavía. El futuro está en la colonia. Rubén no es mal tipo, aunque a veces se ponga pesado con sus bromas. Nathalie es incapaz de traicionar. Es extraño que no nos hayan soltado a la vez. Habrá tenido que hacerse cargo de Single. Cómo las echo de menos.

El ascensor del hotel se detiene en la quinta planta. Salen tres hombres de más de cincuenta años, con trajes bien cortados y colores bien combinados. A la entrada de la suite les espera un tipo sonriente. Ellos le estrechan la mano por orden de llegada.

—Más te vale no fallar, Sijven —dice uno de ellos.

La suite ocupa toda la planta. Tiene piscina climatizada, sala de reuniones, una cocina gigante, tres dormitorios y un amplio salón en tres niveles, decorado en mármol blanco. Los hombres se deshacen de sus abrigos y se acomodan en sillones de cuero negro. Ordenan bebidas. Hay pantallas de televisión por toda la suite. Una veintena de muchachos, de entre quince y veinte años, con un collar de perro por toda indumentaria, esperan en silencio al fondo del salón. Los hombres les miran y sonríen, evaluando su apariencia.

Después de los primeros tragos, los hombres se levantan. Uno de ellos, saca a bailar a un chico rubio; otro, se acerca a un frutero, toma una manzana, elige a dos jóvenes y se retira con ellos a un sofá; el tercero, toma el mando a distancia y conecta las pantallas, que muestran la misma imagen, vista desde varios ángulos: Nathalie, sentada en una silla, atada y con una mordaza, esperando también. Lleva unos electrodos conectados por todo el cuerpo, de los que salen cables blancos. Cada pantalla muestra una cinta en su parte inferior con las opciones del programa Tartarus. El hombre que tiene en su mano el mando a distancia aprieta el botón con el número tres.

Nathalie empieza a notar un hormigueo en los brazos que se hace más intenso por momentos, es insoportable, no siente nada de hombros hacia abajo, sólo una sensación desagradable de la que le gustaría liberarse a cualquier precio. Necesita sacudir los brazos, pero tampoco siente nada en sus manos atadas. Mueve su cabeza de un lado a otro, gimoteando. Una gota de saliva le resbala por la barbilla.

El hombre del mando a distancia pide que desnuden a Nathalie, a lo que se oponen los demás; el que baila pide que se dejen de sutilezas y la troceen con una motosierra; el del sofá se levanta, busca su abrigo, saca un revólver y dispara en la rodilla a Sijven, que cae al suelo muerto de dolor. El tirador se echa a reír a carcajadas. Apenas puede sostenerse de pie, y tarda un buen rato en juntar aire para decir:

—¡Empiezo a divertirme!

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