Doble nudo (I)

Visité a mi casera a la hora de la siesta. No dormía, no. Se afanaban, ella y su hermana, en amaestrar una lagartija que les había enviado el destino, según me explicaron, sentadas a la mesa del salón. Sonreí, para quedar bien, y esto las puso en guardia. Pregunté el motivo de su miedo, sin dejar de sonreír, y ahí es cuando la casera se levantó de la silla primero, cayó sobre la alfombra después y se desmayó casi al instante. Su hermana —igual a ella, pero sin dientes— me observaba paralizada por el susto, aguantando las ganas de orinarse encima. Intentó esconder la lagartija en su regazo. La lagartija le mordió el dedo. Me vi en el espejo de la pared. La muela había vuelto a sangrar y traía los dientes colorados. Dejé de sonreír y la hermana se tranquilizó un poco. Tardé un buen rato en entender lo que me decía porque, aparte su ausencia de dientes, no es que gritara mucho. Me pedía permiso para dibujar y se lo concedí. Antes, cómo no, le animé a poner en marcha la tetera.

Un rato después, el té estaba listo. Mientras lo tomaba, en el sofá, la casera seguía durmiendo sobre la alfombra, como un ceporro, codo a codo con su hermana, que le hacía compañía dibujando animales muertos, sobre todo vacas. En vez de pintarles un aro en la nariz les pintaba un candado. La hermana me preguntó si tenía prisa por pagar el alquiler y le dije que su té era asqueroso, cosa que no era cierta. Fingí no tener prisa, por esnobismo, por aquello de tener algo de tiempo para mí, de vez en cuando. La hermana dijo:

—Pase, siéntese y póngase cómodo. Pero sin pasarse un pelo, ¿eh? ¿Le apetece una tacita de té?

Le hice notar que eso debía haberlo dicho cuando llegué. Me llamó impertinente y algo más que no entendí. Me quejé del olor a macedonia de sus axilas.

—No es macedonia —renegó—. Es que se me pega el aceite de cocinar.

Fue hasta la ventana de la cocina, que da al patio de luces, y soltó un grito de rabia que valdría como prueba para declararla demente. Cuando volvió al salón, a agazaparse en la alfombra sobre sus dibujos, me preguntó por sus gafas. Le hice notar, con un gesto, que las llevaba puestas. Se carcajeó y dijo que ya lo sabía.

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4 thoughts on “Doble nudo (I)

  1. “—Pase, siéntese y póngase cómodo. Pero sin pasarse un pelo, ¿eh? ¿Le apetece una tacita de té?”

    ¡Que manera de usar el lenguaje!
    pase/siéntese/póngase
    pero/pararse/pelo
    apetece/tacita/té

    Desde ya me suscribo. Me dejaste picado.

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