Doble nudo (II)

Podía percibir lo que deseaba la hermana: que actuase. Que hiciera algo y que lo hiciera rápido. Podía notarlo con toda claridad, aunque ella no me mirase, ni me dirigiese la palabra durante un buen rato, dibuja que te dibuja, vaca tras vaca, candado tras candado. Qué manos tenía la hermana. Ella quería que tomase una decisión, que fuese valiente. Vamos, que tuviera el coraje requerido. Eso estaba claro para mí. Las dudas venían del lado del dinero. ¿Cuál sería la proporción? Consideré cuatro opciones: uno, depositar el dinero del alquiler sobre la mesa y marcharme de allí pitando; dos, entablar conversación con ella sobre atletismo, u otro tema arriesgado; tres, arreglar la cisterna del baño; y cuatro, envenenar a la casera. Suspiré de forma teatral, sin apartar la vista de la hermana:

—¿Qué tal si le arrancamos la cabeza? —dije.

La hermana no contestó hasta pasados diez minutos, cuando ya ni me acordaba de la pregunta. Dijo:

—Adelante, yo lo he intentado muchas veces. Pero no le creo capaz.

Fue demasiado para mí. Me puse en pie y le dije que me indicara el camino del cuarto de baño. Esta vez no tardó en contestar. Me acompañó personalmente, hecha un manojo de sonrisas.

El cuarto de baño no era cuarto, aunque sí de baño y de lo que hiciera falta. No tenía techo, ni paredes. Sólo un váter, un lavabo, una bañera y un perchero con tres toallas colgando, en medio del patio de luces de la planta baja, para que todo vecino pudiera admirarlo cuando quisiera. Me puse manos a la obra. La hermana regresó a sus dibujos, y eso me hizo polvo, porque yo pensaba impresionarla. La cisterna funcionaba de lo más normal, pero había tomado una decisión y tenía que ser consecuente. Quité la tapa de loza, me arremangué la camisa y accioné el mecanismo una vez tras otra. Le pedí a la hermana una llave inglesa y me mandó a la nevera —esa manía de las casas bien, de guardar las herramientas en el congelador—. Decidí desmontar por completo el mecanismo de la cisterna.

Cuando iba por la mitad se despertó la casera, y vino a decirme que eran más de las seis. Le dije que no pensaba cenar; que me echase una mano, en lugar de quejarse, y me dijo que antes prefería dormir otro par de horas sobre la alfombra. Justo lo que yo necesitaba: que me dejara en paz. Continué desmontando la cisterna.

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8 thoughts on “Doble nudo (II)

  1. Mi oído interno sigue siendo muy feliz con tus textos (siempre se me dificultó la ortografía por la mala memoria y mi casi sordera física – no sé, algo tengo -, pero la mental ahí está). Y me gusta lo que cuentas. Esa maldita cisterna, en medio de todo el drama, casi como eje de esta parte del texto (del qué hace con ella, de cómo piensa hacer, de dónde lo hará, y de cómo llegó ahí). Voy lento, pero seguro. Dos partes que he disfrutado mucho y contando =D

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