Doble nudo (III)

Cuando tenía todas las piezas separadas, hasta el último tornillo, y colocadas sobre varias hojas de periódico, eran más de las ocho. Estaba tan cansado que el grito de victoria que lancé sonó como el de un perro atropellado. Las hermanas asomaron las narices. Iban vestidas de blanco, y llevaban una de joyas que aquello parecía una exposición. Joyas viejas, antiguallas de oro medio, pedruscos de cristal tallado hace cien años. Se habían pintado los ojos sin piedad, y las mejillas, y las bocas. La casera me preguntó qué estaba haciendo. Esperé a que alguna de las dos se diese cuenta de lo estúpido de la pregunta, pero ya que esto no ocurría, pasé a explicarles que no podrían utilizar el baño en una semana, por lo menos. Tenía que conseguir piezas nuevas, y conseguir montar el mecanismo para que funcionase como antes. Sobre todo, debían evitar que se perdiese algún tornillo. La reacción de la hermana fue:

—¿No se toma un té antes de irse?

No lo pude aguantar. Tomé por banda mi reloj de bolsillo y me puse a darle cuerda, y mientras tanto les hice ver que tenía por testigos a todos los vecinos de la finca. Eso las achantó y, aprovechando la tensión creada, conseguí quedarme a dormir en la alcoba de invitados.

—Tengo que salir a resolver un asunto —les dije—. ¿A qué hora tienen por costumbre cenar?

—Ah, no se preocupe —dijo la hermana—. Le esperaremos.

—Muy bien, pero, ¿sobre qué hora cenan ustedes?

—A la hora que usted venga, se cena —dijo la casera.

Total, que no me dijo la hora. Tampoco me recordó mi negativa a cenar, horas antes, así que no tuve que dar agotadoras explicaciones. Me aseé un poco en la pila de la cocina y salí a la calle. Estaba muy lejos del Café Covarrubias, pero tenía que llegar allí como fuese. Llamé a un amigo que me debía un favor y resulta que estaba en Mauritania; llamé a un caradura que me debía la vida y al muy tonto solo se le ocurre decir que mi deuda había expirado; llamé a tres amigos más, que no contestaron; por fin, llamé a un amigo a quien yo debía varios favores y le pregunté si podía añadir uno más a la cuenta. Aceptó y pasó a buscarme en una moto carísima.

Antes de ir al Covarrubias hubo que pasar por su casa para recoger un casco para mí, pues le daba miedo que nos detuviese la policía. Estando en su casa, me contó que la moto era robada, pero que no tenía por qué pasar nada; que conocía al dueño y pensaba devolverla esa misma noche, así que me convenció. Llegamos al Covarrubias y me despedí de él, ansioso por perderle de vista, porque es de los que siempre están haciendo fotos, y lo que menos falta me hacía en ese momento era una foto con una moto robada.

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