Doble nudo (IV)

Entré en el café y le pregunté a un camarero si Violeta había preguntado por mí. Él, cuando se cansó de acariciar la mesa con el trapo, se giró, bastante conspicuo, para mirarme de arriba abajo. Me preguntó quién era.

—Vine ayer. ¿No me recuerdas?

—No —dijo muy seco.

—Estuve toda la tarde con…

—Será mejor que le preguntes a ese —dijo señalando a otro camarero.

Elevé el tono de voz:

—No he venido a servir de pelota de tenis. Si quieres saber cómo me siento, desmonta una cisterna completa y luego me lo cuentas. No tienes edad, mameluco, ni galones, ni clase, para tratarme así. Tú lo sabes, yo lo sé y el gobierno lo ignora. Pero me trae sin cuidado, porque “hombre muerto, no declara”; y “de la cárcel se sale, pero del cementerio no”. Bueno, pues este lema tan cierto tiene su réplica: “el muerto no sufre; el penado, sí”.

El camarero intentó escurrirse, pero lo arrinconé.

—Ponte firmes, idiota —dije.

—Sí, señor.

—No te excuses. Necesito piezas para una cisterna. O mejor, una cisterna completa. Mira a ver qué tienes por ahí.

—No sé, eso…

—Te doy diez minutos.

Se fue a la cocina/trastienda. Me entretuve charlando con su compañero, que era más razonable. Hasta descubrimos que habíamos veraneado en el mismo pueblo, de pequeños. Me dijo, refiriéndose a Violeta:

—Mira, no ha venido. Pero todavía puede que venga.

“Puede que venga”, repetía yo mentalmente.

—A lo mejor se ha confundido de hora —remató.

Ese era el argumento que más me convenía, y por tanto el que me convenció. El camarero tenía razón. Una voz de jefe le rogó, por encima de mi hombro, que continuase trabajando. Yo me di la vuelta, dispuesto a plantarle a ese jefazo la más fea de mis miradas, pero todo lo que vi fue su espalda. Me volví hacia el camarero amable, pero había desaparecido. Me aferré a la tesis del equívoco en la hora de la cita. Así llegué a la conclusión de que yo, y no ella, había confundido las cuatro de la tarde con las cuatro de la madrugada. Llegó el camarero torpe con un mecanismo de cisterna completo, nuevo. Trajo hasta un folleto que explicaba cómo montarla, en letra muy pequeña. No le di las gracias por no ofenderle y, al marcharme, le dejé que me abriese la puerta.

De vuelta en casa de mi casera las encontré, a ella y a su hermana, cocinando un guiso que olía… como para curar la anorexia de raíz. Pregunté si les podía ayudar en algo y me llamaron cursi, metomentodo, y me invitaron a salir de la cocina, poner la mesa y canturrear algo para entretenerlas. Esto último me hizo poca gracia, y le estaba dando vueltas mientras colocaba los cubiertos, cuando la hermana me gritó desde la cocina que cantara más fuerte, que no me oía. Aquello me puso al límite y solté una maldición que, escrita, ocuparía más de cinco renglones. Poco después, mucho más aliviado, dejé caer un vaso al suelo. La casera vino corriendo a preguntar qué había ocurrido. Se lo conté y le expliqué que ese era el motivo de la maldición. Me ordenó recogerlo.

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