Doble nudo (V)

Durante la cena apenas hablamos, pero la casera se la pasó haciéndome señas. Si las entendí bien, su abuelo paterno era italiano, se curaba el dolor de cabeza bebiendo orín de perro y murió a los ciento treinta años. La hermana sorbía la sopa sin disimulo. Yo tenía un hambre de lobo, después de pencar toda la tarde con la cisterna, y devoré aquel guiso en tiempo récord. Mientras ellas terminaban de comer, y solo por ver hasta dónde podía llegar, me entretuve en contarles la vida de los animales de compañía de mi infancia, que fueron muchos. Las sorprendí, varias veces, tocándose las manos por debajo de la mesa. Disimulé. Comenté que tenía que salir después de cenar y soltaron una carcajada.

—Precisamente, se lo íbamos a sugerir —dijo la casera.

—Esta noche esperamos gente —dijo la hermana.

Esto no me hizo mucha gracia, pero sus invitados no llegaban hasta las doce, así que pude tomar mi té tranquilamente. La noche iba a ser larga, y tal vez amarga. Llevaba una semana durmiendo tres horas por cada ocho que pasaba despierto y, cuando me quise dar cuenta, transportaba una confusión interesante.

Estaba en el cuarto de baño de la alcoba de invitados, tratando de afeitarme con una maquinilla desechable, la misma que usaban ellas para las piernas. Estaba muy gastada. Había que obligarla mucho para que arrancase los pelos más rebeldes. Como no tenía espejo, me afeité de memoria, imaginando las facciones de mi cara. Después, utilicé el que había en una caja de sombra de ojos para verificar la longitud de las patillas. Mientras remojaba la maquinilla, para desprender los pelos atrapados entre las dos cuchillas, vi de reojo, en el suelo, una cucaracha de tamaño importante, correteando junto a la taza del váter. Traté de aplastarla con el pie, pero se escabulló por un agujero de la pared, entre dos baldosines. Eso me volvió loco: había escapado viva. Ahora podía aparecer cuando le diera la gana, en el momento más inoportuno. Podía pasearse por mi cara, mientras dormía. Podía, con toda libertad, seguir alimentando a sus crías, allá en su escondite, cebarlas para que un día salieran a conquistar el cuarto de baño, y luego la casa entera. No podía tolerar aquello.

Arranqué los baldosines a ambos lados del agujero. Fui a por un destornillador, lo hundí hasta la mitad en el hueco y haciendo palanca lo fui ensanchando, hasta que pude meter los dedos en él. No tocaba el fondo, y menos el cuerpo de una cucaracha, así que seguí profundizando. Al cabo de media hora había conseguido hacer un buen agujero en la pared del cuarto de baño, pero allí no había nido de cucarachas, ni rastro de ellas tampoco. Pensé que, a lo mejor, me había confundido y la cucaracha no había escapado por allí, sino por un agujero que había en la intersección de cuatro baldosines, un poco más a la derecha. Repetí la operación: arranqué los baldosines, clavé el destornillador, empecé a ensanchar el agujero…

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