Doble nudo (VI)

Veinte minutos después había un solo agujero, enorme, suma de todos los demás, perfecta fusión. El suelo del cuarto de baño era un montón de pedazos de cemento, cubiertos de polvo, y seguían sin aparecer las cucarachas. Yo sudaba como un cerdo. Me senté en el suelo con las piernas cruzadas, sobre los cascotes arrancados a la pared de forma inútil. Vi una cucaracha. Mejor dicho: un cadáver de cucaracha, aplastado contra la suela de mi zapato derecho. Eso me confirmó dos cosas: uno, que había acertado con mi primer pisotón; y dos, que había perdido el tiempo destrozando la pared del cuarto de baño. Habría que recomponerla. Me fui al Covarrubias a por un trago.

El café tenía una barra de madera bien sólida, ideal para apoyarse. Lo malo es que, sin querer, recogías con la manga del abrigo la cerveza que se les caía a los demás. Yo iba por el segundo vaso de leche cuando entró Violeta. Igual que dos días antes: misma hora, mismo lugar, misma ropa. Parecía que se acababa de despertar, o que de un momento a otro iba a fingir un desmayo, para que todos los caballeros allí reunidos acudiesen en su auxilio. Se quedó allí quieta un buen rato. Quién sabe cuánto tiempo pudo estar allí plantada, varios años, con sus respectivos otoños y sus veranos calurosos. No me gusta la gente tan puntual. Llegan los primeros para explorar el punto de encuentro, lo que denota desconfianza.

Hizo un escrutinio riguroso del local, palmo a palmo, un escaneo que no dejaba detalle sin catalogar. Aun así, no me vio. Me anotó en su memoria, seguro, pero no reparó en mis ojos, porque no me buscaba a mí. En cambio, yo sí la esperaba. Teníamos una cita. Levanté el brazo para llamar su atención, pero me esquivó caminando en diagonal hacia la derecha. Tuve que salirle al paso, identificarme, tratar de convencerla de que era a mí a quien estaba buscando. Ella no soltó palabra. No sé si los ojos son el espejo del alma, o si creerme eso de que tenemos alma, pero sus ojos me decían muchas cosas. ¿Buenas?, ¿malas? Es una clasificación demasiado simple que destruiría su significado. Decían cosas estupendas y cosas detestables, en una proporción de treinta contra setenta. Lo mismo no decían nada y me lo estaba chivando mi mente, así que la desconecté. Como no distingo entre corazonadas, prejuicios, manías o complejos, desconecto mi mente y me concentro en lo que está pasando. Porque si no, no viviría.

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