Doble nudo (VII)

Pero eso fue dos días antes. Esa noche no confiaba en verla, aunque lo deseaba tanto como la primera vez. Ya estaba yendo a su encuentro. A medida que la veía mejor me di cuenta de que no era Violeta. Lo que tenía delante, lo que había salido a recibir, impulsado por mi confusión de citas, era una cucaracha de tez grisácea, con su bombín gastado y sus trenzas rubias. Como buena cucaracha, llevaba las alas almidonadas de forma impecable, recogidas en la espalda, y no perdió el tiempo conmigo. Me esquivó con habilidad y fue correteando con sus zapatillas rojas hasta un taburete libre, justo al lado de mi vaso de leche. Se acomodó en un gesto nada elegante y plantó los codos sobre la barra. El camarero, que tenía el don de adivinar el pensamiento, como todos los camareros, empezó a prepararle un cóctel. Regresé a mi taburete, junto a ella, y contemplé cómo el camarero le llenaba el vaso sin ninguna prisa, venga a mezclar ingredientes. Llevaba quince chorros de bebidas distintas cuando dejé de contar. La cucaracha soltó, sin avisar, un suspiro que hizo saltar al camarero. Yo no me puse alerta porque, aunque reconozco que no sabía nada sobre cucarachas, aquella me daba confianza.

—Estoy confusa, una vez más —dijo—. Mi cabeza no funciona, y eso es un mal que ya dura como diez años. Todo pendiente, todo por hacer. Me noto muy torpe, física e intelectualmente. ¡Soy una inepta! Me acompleja mucho cuando las más jóvenes, o las de mi edad, entienden las cosas a la primera, mientras yo necesito darle todavía unas vueltas al concepto para medio-entenderlo. Y cuando lo entiendo, por fin, poco dura la alegría. Al rato no me acuerdo de lo que he aprendido. Carezco de ímpetu, de originalidad —de la que nunca fui muy sobrada—, de garra. Mi tono de voz es plano, aburrido, y lo noto cuando hablo con las cucarachas. Nadie quiere estar conmigo, nadie quiere escucharme, no muestran el menor interés. Soy un muermo. El mundo, desde hace diez años, carece de sentido, y la vida también. Nada merece la pena, nada importa, nada es como nos enseñaron que sería. De nadie te puedes fiar, todo el mundo ha asimilado el carácter comercial, como requisito impuesto para poder seguir malviviendo. Todo es comercial, orientado al beneficio particular. Todos te venden algo. Todos intentan que te apuntes a su causa. Todos reparten tarjetitas comerciales, sonríen, te tratan de seducir, de impresionar. Qué angustia, qué pocas cucarachas que merezcan la pena, qué pocas con las que charlar. Siempre me costó hacer amistades nuevas, pero ahora me veo atrapado por mi pasado. He quedado mal con tanta cucaracha, en una ciudad tan pequeña, que resulta casi imposible hacer amistades sin que aparezca alguna conocida común, que se encargará de hablar mal de mí a la otra y, al final, envenenará la nueva amistad.

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4 thoughts on “Doble nudo (VII)

  1. ¡Qué cosa más extraña! Esa confesión cucarachil tiene coincidencias, en muy alto porcentaje, con mis propios pensamientos y sentimientos. ¡Me encanta!
    Un abrazo

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