Doble nudo (VIII)

Aquella cucaracha me había robado el pensamiento. ¡Bendita ella! Al verla cargada como iba, con tamaño saco de penas, me sentí ligero como el aire. Qué catártica intervención. Me dejó de lo más reconfortado, al tiempo que sentía cierta lástima por la pobre criatura. La habían pisoteado mucho en esta vida, pero tenía su orgullo. Demostraba coraje en medio de tanta adversidad.

Cuando el camarero salió de la barra, para recoger los vasos y botellas vacías repartidas por las mesas, la cucaracha me propuso un negocio. Me contó  sobre cierto hombrecillo que buscaba alguien como yo. La cucaracha era su mánager. Vale, la cosa parecía un negocio serio. Le pregunté por qué me proponía aquel asunto a mí y no al camarero, por ejemplo, con quien tenía confianza. Ella sonrió, colocó la pata sobre mis manos y dijo:

—Recuerda el cuarto de baño.

Pensé que me pediría cuentas por haber aplastado a una de su especie, pero qué va. Me dijo que esa acción nos había puesto en contacto. Alguien capaz de atacar la pared de un cuarto de baño con semejante fiereza y desatino era lo que andaba buscando: alguien dispuesto a todo.

Aquellas palabras me hicieron sentir bien. Casi caigo en la tentación de considerarme un tarado, de deprimirme con pensamientos de cucaracha; pero resulta que no era ningún tarado, sino alguien dispuesto a todo. Apuré el vaso de leche y pedí otro. Brindé por las cucarachas y ella me devolvió el brindis de palabra, sin tocar su cóctel, ya en las últimas.

—Nos vemos en el agujero —dijo.

Sin darme tiempo a reaccionar se levantó y salió correteando en zig-zag. Yo no me moví, porque aún tenía leche en el vaso. Me quedé saboreándola, pensando en las palabras de la cucaracha, en esa franqueza que me había transmitido, tan oportuna, hasta el punto de restablecer mi aplomo. Era buena persona, aquella cucaracha. Lástima, toda aquella carga de problemas que le sorbían el seso. El camarero se sumó a los halagos en favor de la cucaracha que yo, por lo visto, había empezado a proferir en voz alta. Media hora después, rematábamos un poema compuesto a medias: un soneto dedicado a nuestra amiga la cucaracha, que luego transformamos en canción, apoyándonos en la melodía de una popular jota. El estribillo decía: “es un hacha, es una hacha, nuestra insigne cucaracha”.

El camarero era muy listo. El mundo está lleno de listos. Buscaba ser agradable con el cliente, o sea yo. Y esto, no nos engañemos, nunca es por amistad, sino por puro negocio. Además, si no hablaba conmigo, ¿qué iba a hacer, crucigramas? Se hubiera aburrido como un sapo. Me estaba utilizando. Se hacía el simpático y me seguía la corriente. Y yo era tan tonto que me iba a casa pensando que le caía bien. Al final iba a tener razón la cucaracha. Todos, hasta el que te invita a una copa, persiguen el mismo interés: hacer negocio o escapar del aburrimiento. Porque el aburrimiento, que a veces se paga y a veces cotiza, sigue siendo uno de los grandes motores del mundo. En concreto, todo lo que una persona es capaz de hacer para no aburrirse constituye la esencia de su vida.

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