Doble nudo (X)

Venía de algún lugar de la estepa rusa que no quiso precisar. Su tribu de hombrecillos, o dibujillos, se las ingeniaba para desplazarse de forma gratuita, introduciéndose en cartas y paquetes postales. Tenían acceso a cualquier medio de transporte humano sin coste, por lo que no le había supuesto el menor esfuerzo venir hasta mi casa. Antes de continuar, sin embargo, me pidió remojar el gaznate. Esas fueron sus palabras, así que lo llevé hasta la cocina protegiéndolo con la otra mano, no fuera a salir volando. Empecé a cavilar dónde pondría el agua para que él se la pudiera tomar de forma cómoda, pero resulta que no quería agua, el muy vivo. Quería vodka, y me dijo que bastaría con que le sirviera un vaso, como a cualquier humano. Detecté cierta ironía cuando dijo “humano”. Muy bien, cogí un vaso pequeño y lo llené hasta la mitad de vodka, y en cuanto retiré la botella, el hombrecillo se dio impulso desde la palma de mi mano, igual que un saltamontes, y se zambulló en el vaso.

Fue a parar al fondo y se quedó allí unos segundos. Pensé que se podría ahogar, pero entonces giró sobre sí mismo y escupió unas burbujas. Hundí el dedo en el vaso, lo rescaté y lo deposité sobre la tabla de cortar queso, en la mesa de la cocina. Imposible practicarle algún cuidado de primeros auxilios con mis manazas, así que me dediqué a esperar, en su doble significado: a dejar pasar el tiempo, para ver si respondía, y a desear que respondiera, porque si no, si se iba a morir antes de contarme lo que me tenía que contar, aquello iba a ser la peor forma de empezar el día. Unos minutos después, y para mi consuelo, revivió. Empezó a moverse despacio, el muy borracho, hasta que se puso en pie. Sin dejar de sonreír, me pidió disculpas.

El hombre dibujillo me propuso, básicamente, hacerle de guardaespaldas para someter a su tribu, que él llamaba “su pueblo”. En total, dijo, eran unos diez mil, ninguno mayor de un milímetro, que yo podría dominar sin esfuerzo, puesto que cabían en una libreta, y en eso consistía el trato: en que los dominara para él. Le pregunté si conocía la historia de Gulliver y me llamó cavernícola, o sea, anticuado. Yo iba a ser su arma letal para conquistar la colonia. A cambio, dijo, me pagaría bien. El dinero no era problema.

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