Doble nudo (XII)

Salí a la calle, y por suerte el sol también había salido, se había situado a una altura propicia y repartía rayos, luz y calor con su habitual generosidad. Justo lo que necesitaba. Eso y un buen banco de madera en el rincón más solitario del parque Sur. Estaba molido, y tenía que descansar porque esa noche pensaba ver a Violeta a toda costa. Allá me fui sin perder un minuto.

Tenía trabajo aquella mañana, pero lo bueno de ser jefe es que nadie te riñe, llegues a la hora que llegues. Me acurruqué en el banco, cerré los ojos y empecé a pensar en el negocio que me había propuesto el dibujillo. Seguramente, la cucaracha se llevaba algún pellizco de todo el asunto, porque una cosa es ser buena persona y otra trabajar gratis.

Media hora después, más o menos, y sin abrir los ojos, supe que había alguien delante de mí. No se movía. ¿Me estaría observando? ¿Qué pretendía? Abrí los ojos y allí estaba. Tendría como nueve o diez años. Muy guapa, con un aplomo que mucho adultos envidiarían. El sol le forzaba a entornar los párpados. El día anterior me había pedido que la secuestrara, a lo que me negué, por supuesto. Si había vuelto era por algo. Me dijo:

—Tú eres bueno.

—Sí, claro. Soy una joya. Pero tú, ¿cómo lo sabes?

—Eres bueno. Tienes que librarnos del hombre del traje.

—¿Qué hombre?

—El hombre del traje tiene dominado a mi papá.

Me puse en pie.

—Escucha —dije—, yo también llevo traje. No en este momento, claro, pero los llevo.

—¿A ti también te está dominando?

—Ya lo creo. Por eso no debes seguir hablando conmigo. ¿De acuerdo? Ves con tu madre, por favor.

Ella se quedó donde estaba, mirándome con los ojos entrecerrados.

—Por favor —repetí.

Entonces recordé que tenía una cita con la Bisectriz. Estaba muerto de sueño, pero el deber es el deber. Seguramente la entrevista sería breve y podría regresar a echar una cabezada. Bisectriz era la jefa de mantenimiento. Se llamaba Beatriz, pero ya se sabe, los empleados, cuando están ociosos, inventan motes y esas cosas. Para recordar cuando eran niños, supongo.

Llegué a su despacho a la hora prevista, las diez y cuarto. Había como diez personas esperando para verla. A las once, salió del despacho una secretaria con gafas, con una empatía y don de gentes como para dar envidia, y leyó de carrerilla una lista de nombres. Al oír el mío respondí “estoy”, lo que sonó bien fuerte y bien claro para todos los presentes. No trataba de hacerme el gracioso, ni siquiera de quitarle un poco de seriedad a aquel ritual, pero todo el mundo giró la cabeza.

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