Doble nudo (XIII)

La secretaria me observó un segundo, por encima de las gafas, y siguió leyendo nombres. Después, entró en el despacho. A las once y media sólo quedaban por atender cinco personas antes que yo. “Esto va rápido”, pensé.

Me distraje escuchando conversaciones ajenas. No era la primera vez que esperaba en aquel sitio, pero el hecho de estar con gente distinta le da a cada espera un poco de variedad. A las doce y media me tocó entrar en el despacho. La jefa estaba detrás del escritorio, escribiendo algo en un papel. No me hizo ni puñetero caso durante varios minutos, que a mí se me hicieron muy largos, allí de pie, con la tarjeta en la mano. Luego, me miró con extrañeza a través de las gafas y dijo:

—¿Es que no va a sentarse y contarme lo que desea?

Guardé la tarjeta en un bolsillo del abrigo y me senté.

—La tarjeta —dijo—, por favor. Cuénteme a qué ha venido.

Saqué la tarjeta y se la di.

—Alguno que otro —dije—, en esta vida, me ha llegado a ningunear más que usted. Pero esos están muertos y a usted, en cambio, la tengo delante. Le puedo decir lo que no les dije a ellos, y se lo voy a decir.

—¿Por qué habla de esa forma?

—No creo haberla ofendido.

—Digo de esa forma tan engolada y rimbombante.

—Rimbombante sí que es una palabra engolada que yo jamás hubiera empleado. Ha estudiado una carrera, ¿no es verdad? Pues yo no terminé la mía, y puede apostar lo que quiera a que he leído más libros que usted.

—Todavía no sé a qué ha venido y me estoy empezando a cansar. Si va a encargar alguna revisión de daños, dígalo; si tiene problemas mentales, no es aquí donde tiene que exponerlos.

—Oiga, yo…

—No sea susceptible. Lo único que estoy haciendo es separar los problemas.

Señaló un diván que había en un rincón y dijo:

—Quítese los pantalones y túmbese ahí.

—Preferiría no hacer eso.

—Todo el mundo lo hace.

—Entiéndame, en otro tiempo y lugar me hubiera entusiasmado esa frase, pero por circunstancias que no vienen al caso hoy llevo puestos unos calzoncillos un poco… holgados.

—No se preocupe, soy madre de cuatro hijos.

—Le felicito, pero ¿se supone que eso me tiene que quitar la vergüenza?

—Sí.

—Mire, le parecerá un poco extraño lo que voy a decir, pero ya no hay remedio: me recuerda usted a mi madre.

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