Doble nudo (XIV)

—No me sorprende. Me lo han dicho muchas veces.

—En su juventud, sin duda, pero…

—Me lo dicen a diario varios pacientes.

—No pretendía faltarle al respeto.

—Pues no lo haga. Es bastante natural, o por lo menos corriente, que los que vienen aquí se enamoren de la persona que puede hacer realidad sus reparaciones, conseguir que todo vuelva a funcionar.

—Con lo audaz que me había sentido al decírselo.

—Lo aprecio de todos modos. Túmbese.

Obedecí.

Cuando terminó, me dio una tarjeta con un teléfono para pedir cita con la alcaldesa, así que no tuve que darle más detalles. Le agradecí que me ahorrara la tarea y salí de allí. No me gustó aquello de los problemas mentales. Me había llamado loco en toda mi cara y después me había mandado al cuerno, o al psiquiatra en este caso. Eso pensaba mientras iba atravesando el parque, camino de un restaurante económico donde solía comer. La verdad es que no tuve que andar mucho. Cuando entré y me quité el abrigo, la tarjeta que me había dado la Bisectriz seguía en mi mano derecha.

Decidí concertar la cita antes de que se me olvidara. Llamé. Fueron bastante amables. Me dieron cita para esa misma tarde. Era martes, y a esa hora yo tenía la misma hambre que todos los martes, y los miércoles, y los jueves, es decir, ninguna. Pero me obligué a comer, porque me veía muy flaco.

El pollo estaba exquisito. Sabía exactamente igual que el de la semana anterior. ¿Sería el mismo? A lo mejor me supo tan bien porque pensaba en Violeta. Madre mía, tenía que verla esa noche, lo deseaba con todo mi ser. Un músico callejero, con un saxofón de madera, entró a pedir limosna, aunque sin tocar, “por no romper tímpanos”, según explicó. Los de la mesa de al lado le dieron un billete de cien, y casi les pega. Le di dos monedas y por poco me limpia los zapatos. Tuve que darle conversación para que no lo hiciera. Le pregunté qué caña colocaba en la boquilla, ¿un dos, un tres? Él se hizo hacia atrás, extrañado, y me dijo que la pieza era de grafito. Creo que no me dijo la verdad. Le arrebaté el saxofón, hice ademán de lanzarlo lejos y se lo devolví. Me dijo que tenía buena voz, no él, sino yo. Ja, yo buena voz, anda… Fui a los aseos por no responderle, y también porque su forma de mirar las patatas de mi plato era inequívoca, así que le di una oportunidad para que se las terminase.

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9 thoughts on “Doble nudo (XIV)

      • Como el hecho de que toma leche (me parece muy tierno)… como cuando conoció al hombrecillo de papel y lo protegió con sus manos para que no saliera volando (cuando lo llevó a la cocina)… como este detalle precioso que tuvo con el saxofonista urbano -me encantao-… la sensibilidad que tuvo para hacerle plática, haciéndolo sentir como bienvenido… y el detalle de irse al baño para que el músico no tuviera pena de comerse las patatas frente a él… muy especial…

      • Interesante de veras. Muchas gracias por tus siempre valiosas opiniones, Zuri!!! Lo que dices es la demostración perfecta de que la belleza está en el ojo del que mira, y la ternura también 🙂

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