Doble nudo (XV)

El aseo de caballeros era espacioso, aunque el cerrojo de la puerta no servía. Ningún problema, sólo pensaba lavarme las manos y decirme cuatro piropos al espejo, mientras el saxofonista se comía mis patatas, pero la situación dio un vuelco cuando vi lo que vi en el espejo. A mi izquierda, y a mi espalda, estaba la taza del váter, con la tapa bajada, y encima de ella estaba mi amiga la cucaracha, de pie, canturreando como si rezara. Fui hasta la puerta y presioné con la pierna derecha para que no entrase nadie en un momento tan inoportuno. Ella me decía algo, pero tan bajito que no podía oírla. Al final, dejé la puerta y fui donde estaba, a ver qué me quería contar. Decía que dejase la puerta en paz. Lo hice.

La cucaracha tenía un vaso en la mano, lleno de leche, una leche algo turbia, y me ofreció un trago. Acepté, me lo llevé a los labios y di un sorbo. Aquello no era leche, era fuego. Fuego quemando mis labios, mi lengua, mis encías, el paladar, un hilo de lava descendiendo por mi garganta, chamuscando mis cuerdas vocales. No, no era leche, pero tampoco me encontraba en condiciones de preguntarle qué era. Le devolví el vaso. Ella tomó un trago, como si nada, y me confesó:

—Siento que nadie confía en mí.

—Entonces, ¿yo no soy nadie? Yo sí confío en ti, además…

Ella me hizo un gesto para que me callase, pero muy discreto, muy amable. Después, con otro gesto, me invitó a cerrar los ojos. Lo hice. Continuó hablando:

—Siento que nadie me ama, y hasta dudo de merecerlo. ¿Soy una buena cucaracha? ¿Es necesario serlo? Por mucho que me pese, y es mucho lo que me pesa, tendré que admitir, con el único objeto de ser honesta, que estoy perdida: no entiendo ni papa del mundo, de la vida y de las cucarachas. Nada. He fracasado intelectualmente, emocionalmente y todo lo que quieras “mente”. Así es. La edad no me hace más sabia: me hace cada vez más lela, a fuerza de no saber interpretar los datos que recojo cada día. Vale, puedo pasar sin el por qué, el por qué de todo lo que sucedió; ¿por qué, desde hace como mínimo cinco años, todo el mundo me mira como si fuera una apestada?, ¿por qué algunos me agreden verbalmente a la menor ocasión?, ¿por qué me desprecia la mayoría de las cucarachas y el resto me tiene, como mucho, lástima? Ya digo: puedo pasar sin eso. Me olvidaré, me abstendré por la fuerza de preguntármelo, y cada vez que me surja una pregunta de ese tipo chasquearé los dedos y cambiaré de pensamiento. Lo que más me atosiga es qué puedo hacer para cambiar las cosas, en lugar de pasar los días lamentándome. Y de la manera más lamentable, por cierto, sin decencia emocional alguna. ¿Cómo puedo revertir la situación?, ¿dónde me agarro para empujar? No sé si debería pedir ayuda, si la necesito. O si debo hacerlo sola, pero poco importa si no sé qué es lo que tengo que hacer. Me parece el colmo, llevar tantos años pensando, sin tregua, día tras día, cómo darle la vuelta a los problemas, cómo ser feliz, desarrollarme, relacionarme… Unos dirán que tengo derecho a ser feliz; otros, que tengo que eliminar mis pensamientos tóxicos; otros, que hay que trabajar más; otros, que hay que tomarse las cosas con más calma. En mi agujero, hasta los más pobres me superan en consumo, en tren de vida, en lujos y comodidades. Nadie de mis conocidos es más pobre que yo, ni está más sola que yo, ni tiene tan mala pata como yo. Nadie. Me he molestado en comprobarlo.

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