Doble nudo (XVI)

Cuando me di la vuelta, había un sujeto rechoncho, de unos cincuenta años, lavándose las manos en la pila, mirándome con disimulo desde el espejo. Me hinché de normalidad y caminé hasta la puerta, saludándole al pasar por su lado.

Pulsé el timbre a la hora de la siesta. La hermana de la casera, que sabía que era yo, porque me había estado observando a través de la mirilla, entreabrió la puerta, sin asomarse, sin decir nada. Entré con sigilo y la oí decir, desde la sala:

—Sólo porque tiene que terminar de arreglar la cisterna del baño.

Se le escapó una carcajada que me molestó un poco y me dio qué pensar. Tenía que controlarme. Llegué al cuarto de baño, en medio del patio de luces. Allí seguían las piezas de la cisterna desmontada, igual que las había dejado la tarde anterior, igual que las había visto esa mañana, mientras barría. Me puse a contarlas. Cuando iba por catorce me desconté y tuve que volver a empezar. Cuando iba por veintisiete me desconté otra vez y tuve que volver a empezar. Descubrí que había otra hoja de periódico doble con piezas en el suelo, a mi izquierda. Las conté también, pero al sumar ambas cifras me hice un lío, así que tuve que volver a contarlas. No recuerdo cuántas había en total. Sólo sé que era un número mágico.

La casera me estaba mirando desde el quicio de la puerta.

—Qué —dije—, no hay sueño esta tarde, ¿eh?

Instintivamente, mi lengua fue donde la muela que había sangrado la tarde anterior y se puso a lamerla. Ella dijo:

—Anoche, mi hermana dijo su nombre en sueños.

—Esa loca… Perdió los dientes y perdió la cordura.

—Sí tiene dientes.

—¿Ah, sí? ¿Dónde? ¿Guardados en un cajón de la mesita de noche?

—Había…

—No disimule. Aquí faltan piezas.

—¿Cómo?

—Las piezas de la cisterna. ¿Dónde están las que faltan?

—Y yo qué sé. No hemos tocado nada.

—A mí no me engaña. Dígale a su hermana que salga. Y no olviden que tengo por testigo a los vecinos. Dígale que salga.

Al cabo de un rato llegó la hermana, vestida de blanco, pero sin joyas. Le dije a la casera que quería interrogarla a solas. Cuando la casera se fue, le expliqué a la hermana que faltaban piezas, concretamente cinco. Ella no dijo nada. La miré a los ojos durante un buen rato, pero ella esquivaba los míos. Sólo por si la casera nos espiaba, le empecé a explicar el funcionamiento de la cisterna, para qué servía cada pieza, el orden en que la había desmontado, el tiempo que tardó el Apolo XI en alcanzar la Luna, el frío que hace en Groenlandia, o debe hacer, vamos, porque nunca he estado.

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2 thoughts on “Doble nudo (XVI)

  1. El tema de los dientes y las piezas que faltan para armar el rompecabezas me ha parecido ciertamente inquietante y elocuente. Muy buena entrega, amigo!.
    Feliz fin de semana y un abrazo para vos, Aquileana 😀

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