Doble nudo (XVII)

Ella me desafió, como siempre. Dijo:

—A ver si algún día me trae ese remedio que me prometió para las manchas de café.

No pude resistirlo. Me puse a caminar por todo el patio de luces recitando elementos de la tabla periódica mientras hacía botar un balón imaginario. Lo encesté en una canasta imaginaria y volví a empezar, tratando de no repetir elemento. Una vecina, que debía estar mirando, soltó una carcajada. A lo mejor no se reía de mí. Como vi que no me calmaba fui donde la hermana, dispuesto a todo, a decirle lo que pensaba, pero me detuvo con un gesto. Dio un manotazo al aire y me dejó clavado en el suelo, a un paso de ella.

—No se preocupe por el tiempo. Esta noche no tenemos invitados.

Me mostró la foto de unos muebles, una mesa y unas sillas, y casi me desmayo. Me llegó el aroma de una madera noble, como de tilo recién cortado, y también el sonido intermitente de una campana muy grande, de al menos veinte toneladas, de bronce acostumbrado a la humedad. Ahora sí veía los ojos de la hermana, y el sonido parecía provenir de ellos. Recordé mi cita con la alcaldesa. Cogí la foto, me sequé una baba invisible de la boca, utilicé la compra de las piezas desaparecidas como pretexto y me marché.

La alcaldesa no me recibió, como me imaginaba, así que tuve que conformarme con la primera teniente de alcalde. Su despacho parecía el de un ministro, y sospecho que estaba usurpando el de la alcaldesa. La teniente tenía experiencia con tipos como yo. Fue lo primero que me dijo, incluso antes de saber cómo era yo. Supongo que mi aspecto lo decía todo. Yo no sabía qué aspecto de mi aspecto tenía que modificar para que mi imagen dejara de decir tonterías a la gente en cada primer encuentro. Quería causar buena impresión, pero no había manera. Observó con atención cómo me sentaba. Hice una breve introducción sobre mi persona y mis ideales que me hizo abreviar en dos ocasiones. Después, le conté lo de las reparaciones que quería hacer, resumiendo mucho. Ya me pediría detalles si los necesitaba. Ella me escuchaba mirando alguna zona de mi cuello.

Me dijo algo que ya sabía. Que tendría que averiguar la causa de los males antes de efectuar ninguna reparación. Sentí un impulso irresistible de levantarme de la silla, pero disimulé bien. Arqueé la espalda y me quedé mirando el techo un buen rato, mientras respiraba hondo. Me excusé diciendo que había sentido un calambre. Me preguntó si necesitaba ayuda y le dije que sí, que por favor me quitase los zapatos. La vi levantarse por el rabillo del ojo, como para practicarme los primeros auxilios, pero se detuvo. Por no complicar las cosas, recuperé la posición inicial y le dije que ya no era necesario, que me sentía mejor, y ahora me arrepiento de no haber seguido. Ella se sentó.

Ahora sí me pidió detalles sobre las reparaciones, disparando preguntas con una celeridad que me dejó mudo.

—Muy bien —dije—, se lo contaré todo ipso facto.

—¿Por qué emplea cultismos pasados de fecha? Eso no es elegante.

—Lo tendré en cuenta.

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