Doble nudo (XVIII)

El problema no era nuevo, pero me estaba dando muchos quebraderos de cabeza. Me movía para solucionarlo, sí, pero me costaba juntar fuerzas, motivarme. Era de esas cosas que no sabes cómo contar. Empezó como algo normal y después se fue torciendo, y torciendo, de tal manera que… Aquella criatura había conseguido que detestase la vida, después de todo lo que hice por ella; después de contratarla, aunque fuese casi imposible; después de dorarle la píldora todas las mañanas, para subirle la moral; después de hacerla creer en ella misma, aunque yo fuera incapaz. ¿Cómo me lo retribuyó? Hundiéndome en la miseria. Humillándome, impidiéndome ver a quien más quería, lo que me obligaba a encontrarme con ella a escondidas. Robándome la salud. Aquello tenía que terminar. Eso es, hundido en la miseria, física, económica, emocional. Daban ganas de quitarse de en medio. Si no llega a ser por Violeta…

Esa mujer vino a mi casa una noche, a las cuatro de la madrugada, y me dijo que quería trabajar para mí. ¿Cómo iba a trabajar para mí si no tenía ninguna vacante? ¿De qué iba a trabajar? En fin, que me estuvo rogando de tal forma que acepté. Le prometí que le haría un contrato en regla. Por supuesto, ni se me ocurrió. O sea, se me ocurrió, pero no estaba dispuesto. Claro que, ella nunca lo supo. La cité en mi despacho y le dije que empezábamos a trabajar. Le encomendé el lanzamiento de un producto nuevo.

Me preguntó qué clase de producto era. Le respondí que la empresa tenía una solidez demostrable en la fabricación de rieles para cortinas, pero aún no tenía claro qué nuevo producto lanzar. Le encargué su primer trabajo: buscar un producto rentable para lanzarlo. Me preguntó de cuánto presupuesto disponíamos. Cero, fue mi respuesta. Su segunda tarea sería buscar financiación. Así que se puso manos a la obra. Consiguió una subvención; consiguió ganar tres mil euros en quince días, gracias a una operación de bolsa; consiguió que el banco nos concediese un préstamo. Yo no daba crédito, pero con el del banco bastaba. Si su objetivo era sorprenderme, lo consiguió, así que le hice un contrato.

Su contrato era el mejor que podía tener. Además, contaba con toda mi paciencia, que no es mucha, pero a la larga siempre viene bien, creo yo, teniendo en cuenta que el resto de los empleados iban más tiesos que una vara de medir. La traté con tacto, la mimé. Cómo me arrepiento ahora.

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