Doble nudo (XIX)

Retrasé su despido todo lo que pude. Al final sólo quedó ella a mis órdenes. Los demás ya no venían a fichar, ya no recordábamos sus voces, sus caras, sus bromas de mal gusto. Pensé que ella entendería mi situación. Vamos, la situación de la empresa. Nos encontrábamos entre la espada y la pared. Le avisé con antelación, la preparé psicológicamente, le ofrecí mi ayuda, mi consejo, mi dinero. Aparte, tuvo su indemnización por despido, que no fue elevada, sino sangrante. Ella me dio las gracias y yo, como agradecimiento a sus servicios, le regalé una pluma carísima.

Nada más despedirla, se ofreció para hacerme de criada a cambio de alojamiento. Yo encontré muy extraña su propuesta, pero pensé que tenía que entender su situación. La admití en mi casa, le cedí una habitación. Hasta la ayudé a vomitar, un par de noches que la gripe no la dejaba en paz. Ella me preparaba la cena, me lavaba la ropa, quitaba el polvo a los muebles, cocinaba. Al año de vivir con ella me diagnosticaron una enfermedad, y no diré su nombre por no invocarla.

Ahí es cuando ella se transformó, aunque no en lo físico. Bueno, en lo físico también, porque estaba más guapa que antes. Pero sobre todo es que empezó a cuidarme con una dedicación, dio tales muestras de piedad, que una sola bastaría para nominarla al premio Nobel de la Paz. Aquello, tal como yo lo veía, era cariño, un cariño sólo comparable al de una madre. Me enamoré, creo, o tal vez fueran los primeros síntomas de la enfermedad. La cuestión es que nos casamos. De momento, la enfermedad se podía llevar. Fui feliz por primera vez en mucho tiempo.

No sé describir sus ojos, todo lo que mostraban, todo lo que decían. Esa ternura infinita de mujer, que me cogía la mano nada más despertarme por las mañanas, que me traía el desayuno al cuarto de baño, que mataba los mosquitos de un manotazo, que me obsequiaba con un striptease aunque el lugar no fuera el más apropiado… Esa mujer, ese ser humano que me salvó la vida. Una tarde, sin querer, me dejé la llave del gas abierta, y empecé a quedarme adormecido en el sofá, sin notarlo, sin poder reaccionar, intoxicándome poco a poco, inspiración a inspiración, hasta que llegó ella de comprar y detuvo aquella dulce agonía, lenta pero implacable, que casi me envía al limbo. Imposible describir cómo la quise. Hoy desearía que se hubiese retrasado por lo menos media hora, así no me estaría quejando como un idiota.

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