Doble nudo (XXI)

Estaba anocheciendo, por fin. Calculé que en cinco horas estaría sentado junto a Violeta, si todo iba bien, y tenía que ir bien. No veía más allá de ese momento. Había entregado a ese instante la capacidad para cambiar mi vida, tanto para bien como para mal. Me había puesto en sus manos, igual que otros confían su suerte al lanzamiento de una moneda o a los vaivenes del mercado bursátil. Me di cuenta de que caminaba sin rumbo y me paré a pensar en una esquina. Quedaba como hora y media para la cena, y no me apetecía volver a casa. Alguien se me acercaba por detrás con un trote inconfundible, brioso, marcial. Me arrimé a la pared para dejar paso a una pareja de policías a caballo, que me saludaron muy serios. Entonces vi, en una cartel de la pared, arrancado y medio colgando, una cara familiar. Era mi amigo, o debería decir amiguillo, el hombre dibujillo. ¿Qué estaba haciendo ahí? Me sonreía como si haberme encontrado culminase todo su propósito existencial, como si yo fuera su ídolo, o un dios con poder para salvarle la vida. Yo también me alegré de encontrarle, la verdad, porque la noche anterior no había tenido tiempo para cerrar el trato. Ese negocio que me había propuesto prometía, porque si no recuerdo mal él había mencionado una suma de dinero de esas que no se rechazan, al menos en mi situación de entonces.

El dibujillo me guiñó el ojo, se desprendió del cartel y saltó hasta mi mano, y tuve que extender la palma bien rápido, no fuera a caerse a la acera, aunque ahora pienso que hubiera planeado sin problemas. Me sentía mal, en parte ridículo y en parte celoso. Ridículo por estar hablando con un pedacito de papel en medio de la calle; celoso por si aquel hombrecillo escogía a otro para su negocio y me quedaba sin el dinero que me había prometido. Pero me repuse, recordé que venía recomendado por la cucaracha, y que tenía que ser yo, puesto que me habían elegido, me habían buscado adrede para esa misión. ¿Cómo no iba a ser la persona idónea?

Él, después de reírse de la expresión de mi cara, me dijo que le invitase a un trago. Esa manía tan común de tratar cualquier asunto delante de un par de copas. Accedí. Le propuse ir a un bar que había como a trescientos metros, casi al final de la calle, haciendo chaflán. No lo conocía, pero tenía buen aspecto, un local amplio, bien iluminado y prácticamente vacío, lo cual me convenía, porque cuantos menos curiosos hubiera alrededor, más cómodo me iba a sentir en el momento de cerrar el trato. En toda negociación, elegir el terreno es importante.

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