Doble nudo (XXIII)

Ja, tres mil como anticipo, ¿eh? Miré sus ojos dibujados, con las cejas arqueadas y esa expresión que hubiera convencido hasta al más incrédulo. Le dije que su oferta era inmejorable, pero que no era para mí. Él se quedó inmóvil, aunque sin cambiar de cara, y aquí empezaba a resultarme difícil entender lo que pensaba, lo que quería, qué papel jugaba yo en sus planes, cualesquiera que fuesen. Una rama me golpeó en la cara, y después otra, y otra, hasta que dejé de contarlas. Me coloqué las manos en la cabeza, como protección, y volví a entonar la melodía de antes, también como protección. El suelo se movía, y unos tipos muy amables me sujetaron para que no cayera. Los oía reír y eso me daba tranquilidad. Perdí de vista al dibujillo, pero estaba seguro de haberme despedido de él para siempre. Ahí me estaba arrepintiendo de haberle conocido, y pensé cómo se lo contaría a mi amiga la cucaracha.

Estaba en la calle, a una manzana del bar, todavía pensando en el hombrecillo, cuando cruzó por delante de mis ojos un autobús escolar, medio vacío. Un niño que viajaba en él se me quedó mirando, como si posara para una foto, sonriendo y formando una uve con los dedos. Me quedé pasmado. Uve de Violeta. No podía más. La espera me estaba matando. Parecía que esa noche no iba a llegar nunca. ¿Y si ella no se presentaba? Empecé a rumiar un plan desesperado. Iría a buscarla, esta vez sí, no importaban las consecuencias. Si no venía esa noche saldría a buscarla. Sabía dónde encontrarla. Neutralizaría a su acompañante como fuese. Con golpes, con razones, con dinero o con poesía. Como fuera. Estaba más que harto. Esta vez no me iba a dejar morder. Nada importaba ya. Vibraba de pura cólera.

No me sentía con ánimos para ir a casa de las hermanas, y era pronto para ir al Covarrubias. Además, estaba el asunto de la cena. Decidí volver al restaurante donde solía comer y pedir un bocadillo. Terminé pidiendo dos, porque me encontré al saxofonista callejero en la puerta y no lo pude evitar. Aquel tipo era ya como de mi familia, así que le convencí para que fuese a tocar al Covarrubias y se sacara unas monedas. Al principio no quería. Pretendía que le pagaran doscientos y por adelantado, copas aparte. Me llevó una hora hacerle entrar en razón. Después de convencerle me sentí un poco culpable, pero la única forma de tocar en aquel café, donde jamás había tocado nadie, era pasando la gorra.

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