Doble nudo (XXIV)

Encontrar al saxofonista me vino bien. Charlando con él, la espera se me hizo más corta. Me explicó algunos rudimentos del saxofón, que no entendí en absoluto, y por supuesto no recuerdo. Se tiró como quince minutos hablando sobre los armónicos. A día de hoy, esa palabra sigue siendo un misterio para mí. También dijo algo sobre picar las notas, y de eso me acuerdo porque me hizo gracia. Me estuve riendo con ganas, pero noté que para él no tenía ninguna gracia. Debió pensar que yo era un paleto musical, y así es, vamos, pero espero que no se ofendiera. Empezaba a ser hora de ir hacia el Covarrubias y él, que ya estaba seguro de que el dueño le dejaría tocar alrededor de las mesas, insistía para que fuésemos.

Antes de salir, le aclaré una cosa: tocar dando vueltas a las mesas no era buena idea. El café tenía una tarima en un rincón, como de tres metros por lado, que nunca vi que utilizasen para nada. Mi plan era que convenciese al dueño para subir a la tarima, ejecutar el mejor solo de su vida, como tarjeta de presentación, sin avisar ni presentarse ni nada, y después ir desgranando lo mejor de su repertorio. Canciones conocidas, ritmos distintos, alguna balada… Se me quedó mirando perplejo, como si no entendiera por qué yo, a pesar no saber nada sobre música escrita o saxofones, conservaba algo de buen gusto. También le sugerí que antes de que se enfriara el aplauso final empezase a pasar la gorra. Eso iba a ser un problema, la gorra, porque ninguno de los dos teníamos una a mano, pero le dije que ya la encontraríamos. Y si no, con pasar la funda del saxofón sería suficiente. Salimos del restaurante.

Hacía una noche magnífica, según el saxofonista, pero yo me sentía como si me fueran a ejecutar al amanecer. Estaba nervioso y no quería que se me notase. De todas formas, si el saxofonista me hubiera conocido un poco, lo habría notado. El trayecto hasta el café se me hizo corto, a pesar de que no quedaba del todo cerca y de que apenas hablamos. Allí me encontraba de nuevo, en la eterna barra del Covarrubias. El camarero amigo de la cucaracha nos esperaba sonriente tras la barra vacía. Le indiqué a mi acompañante, con un gesto, quién era el encargado, y allá que se fue a venderle su arte. Tomé asiento en la barra y no le dije nada al camarero, aparte del saludo. No sabía qué tomar. El reloj de la pared, antiguo y silencioso como él solo, marcaba las once y media. Con suerte, Violeta aparecería a las doce, o a la una, o a las quién sabe. Tenía que relajarme si quería que la cena me sentase bien.

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