Doble nudo (XXV)

El camarero sonrisas depositó un vaso de leche ante mis ojos. Le miré. Parecía muy poco seguro de lo que acababa de hacer, así que tuve que encogerme de hombros para devolverle la tranquilidad. El camarero torpe del día anterior susurró en mi oreja que tenía lo que yo necesitaba. Sin inmutarme, extendí la mano derecha, él colocó en la palma un pequeño objeto metálico y se esfumó. Mientras se marchaba le agradecí el favor, con ganas, pero sin excesivo melindre. Deduje que se trataba de una pieza para el mecanismo de la cisterna. Una pieza repetida, sí, pero las hermanas nunca lo iban a saber. Me la guardé en el bolsillo derecho del abrigo, preguntándome qué otro mecanismo impulsaba al camarero que tenía enfrente a sonreír sin parar. Creí adivinarlo. Era alguien que estaba pasando en ese instante por detrás de mí, de derecha a izquierda. En efecto. Ella se estaba acomodando en el taburete vacío de mi izquierda, y se tomó su tiempo para hacerlo. No la quise mirar. Tampoco lo que el camarero le servía. Un rato después, ella puso su mano de cucaracha sobre la mía.

—Odio mis arrebatos de victimismo —dijo—, pero ¿qué puedo hacer? ¿Tragármelos?

—Prueba, a ver qué tal.

—Eso es lo que hago todos los días. Coge mi discurso de un día cualquiera y multiplícalo por los días del año. Hay para llenar varios libros con esta plática estéril, este lamento que nadie quiere oír, como el de un perro al que han abandonado sus dueños, en el balcón, para irse al chalet el fin de semana. Todo el mundo me pide que me calle, con la mirada. O que siga, si quiero, porque total no van a prestar atención. Soy jodidamente lenta, lenta y perfeccionista. Perfeccionista, perfeccionista: suena como un insulto y lo es. Todo lo que se me ocurre es de lo más tópico, sobado, previsible. De una mente tóxica, como la mía, envenenada de pensamientos negativos, destructivos y de baja calidad, solo puede salir lo que sale: basura en forma de palabras. Complejos, manías, vicios, errores… El retrato de una conducta estúpida. ¿Tengo que ser aceptada como soy, o tengo que cambiar para que me acepten? Estoy harta de las cucarachas, las odio. Son mi verdugo diario. Dependo de ellas, tengo que tolerar que hagan conmigo lo que quieran, que me menosprecien, si gustan, que me insulten, si lo desean. Pero ojito con hacer yo lo mismo. Soy su esclava. Me dominan. Vivo en prisión, amenazada constantemente por ellas, que me buscarán, más tarde o más temprano, para meterme en problemas. Problemas de dinero, que me han arruinado; problemas afectivos, que me han convertido en un ser completamente aislado, menospreciado, olvidado. ¿Por qué nunca consigo nada de lo que quiero? Será que es mucho pedir, llevar una vida de lo más simple. Será que todas son más inteligentes que yo, o tienen quién les quiera y les aconseje con sabiduría. Sin duda, todas son más listas: la que se arriesgó, ganó; a la que pidió, le dieron; y la que conservó, tiene. Yo, ni una, ni otra. Me arriesgué y perdí; conservé y me lo arrebataron; pedí y se hicieron las locas. Entre ellas se ayudan, sí, pero yo no cuento. Si alguna vez cuento es en calidad de suplente de la última suplente. Si me dan algo, es porque nadie lo quiere. Siempre hay alguna mejor que yo, alguien preferible, más simpática, más joven, más guapa, con más dinero, más pobre, menos preparada, con más talento… ¡Dios, es que soy jodidamente infeliz! Me cuesta lo mío disimular, pero me propuse hacerlo y ahí sigo. Ese es mi propósito.

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