Doble nudo (XXVI)

Me ofreció su vaso de leche. Lo rechacé. Ella insistió y al final acepté, supongo que por cortesía. Me lo llevé a la boca con mucho cuidado. Mi idea era hacer como que bebía y devolvérselo, pero la sorpresa fue que no me quemé el labio superior. Bebí un pequeño sorbo y me convencí: su bebida no ardía. Aquello era leche de verdad. Una leche dulce y azucarada, aunque nada empalagosa. Le devolví el vaso. Le dije:

—Será mejor que no nos volvamos a ver.

Me miró con ojos turbios. Parecía que iba a llorar.

—No —dije—, tampoco de vez en cuando. No por el momento. Me siento muy bien contigo, me haces sentir muy a gusto. Transmites esa paz que me llena por dentro, que me relaja, que me hace soñar. Cuando estoy contigo se me olvidan todos los problemas. Nada me duele. Me haces soñar, pero soñar a lo grande, y sólo de pensar en ti duermo mejor. Pero no puedo continuar. No es que hayas hecho nada malo. Sólo que nuestro camino se divide aquí. Te deseo lo mejor. Amigos, como tú sabes, no te van a faltar.

Le di la espalda, mirando hacia la puerta del café, y efectivamente, empezó a llorar. Me daba pena, pero tenía que ser consecuente. A lo mejor no lloraba por mí. Por un segundo me creí esa posibilidad. Supongo que eran las ganas de distanciarme de su dolor. Ah, pues claro que lloraba por mí. El camarero había fingido no escuchar la conversación, y estoy seguro de que se reía por dentro. Pensaba: “mejor, toda para mí”. Seguro. Es lo que todos piensan. Entonces entró Violeta. Sin girarme, le dije a la cucaracha:

—Esto sí que va a ser memorable.

Ella no respondió. Mejor, porque Violeta ya estaba a un par de metros de mi taburete. Vestía de blanco, con algunas joyas. Miré a mi derecha, para pedirle a la cucaracha que dejase de llorar, pero ya no estaba. Violeta llevaba ese perfume tan turbador.

—¿Con quién hablabas? —dijo por todo saludo.

—Con nadie.

—Hablas solo bastante a menudo.

—Sí. Es la mejor forma de conocerse. Y creo que no soy el único que lo hace.

—No me has dicho cómo te ha ido con la doctora.

—Pero si acabas de llegar.

—Digo esta tarde, en casa.

—Bien. Se parece a mi madre.

—¿Por qué no me lo has contado en casa?

—Ya lo sabes. No quería que tu hermana nos oyera.

—Qué poco la conoces.

—Pues estuve casado con ella.

—Mi hermana, si le hablas muy deprisa, desconecta.

—Estupendo, pero ¿por qué tiene que enseñar los dientes a la mínima ocasión?

—Tampoco me has dicho cómo te ha ido con la psiquiatra.

—Pero si no me das tiempo. Bien. Un poco deshonesta.

—Eso que bebes, ¿es leche o absenta? Da igual, te invito a un whisky. Del mío.

Pidió dos whiskys al camarero.

—Bueno —dije—, pero sólo para celebrar nuestra despedida.

—¿Qué dices?

Me dio un pellizco en el antebrazo que, con abrigo y todo, me dolió bastante. Disimulé.

—Tengo un billete para Mauritania —dije—. Salgo dentro de unas horas.

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