Doble nudo (XXVII)

Estalló en carcajadas.

—Pero si no has hecho ni la maleta —dijo.

—Me voy sin equipaje. Podéis quedaros mis cosas.

—Qué poco aguante tienes.

—Sí, es muy posible. Pero me da igual, estoy más que harto, y hoy es el día que acabo con todo. Esa mujer me está amargando la existencia. Sabes que yo la quería, pero ya no la soporto. No tiene ningún derecho a hacerme esto. No sé cómo duramos un año casados. Entiendo que dejara de quererme, lo que sea, pero esto es demasiado. No sólo me envió a sus abogados para que me arrebatasen hasta el último céntimo, para quedarse con la casa, sino que se dedicó a envenenarme. Me cede una habitación para mofarse de mí, me humilla hablándome de usted, te obliga a hacerlo, y encima tú le sigues la corriente. Y todo porque la despedí. ¡Despedí a todos! Incluso a mí. Tuve que cerrar la empresa. Y tú… Tú eres como ella, pero con mejor carácter, y más guapa. Me da igual si tu hermana se cree la reina del baile, tú eres más guapa. Mucho más. Dime que a ti no te parece absurdo todo esto; dime que te parece bien que te obligue a dormir con ella para controlarte; que te impida verme; que tengamos que disimular todo el rato, encontrarnos a escondidas, como si estuviéramos haciendo algo malo.

—A mí me parece divertido.

—Sí, claro. Muy divertido. Yo no puedo más. Ya no quiero más vodka, ni médicos, ni disimulos, ni pasarme la vida esperándote.

—Te he traído un regalo. Quítate el abrigo y la camisa.

—¿Has escuchado algo de lo que he dicho?

—Todo, aguafiestas. Quítate la camisa. Aquí no hace frío.

El camarero era capaz de estar filmando la escena desde detrás de la barra, pero me dio igual. Dejé que ella me quitase el abrigo, después la camisa y después sacase mi camiseta negra por fuera del pantalón. Colocó la ropa sobre el taburete que había dejado libre la cucaracha. Entonces, sacó de su bolso una corbata de color rojo y me la puso alrededor del cuello.

—Hazte ese nudo doble que tan bien te sale —dijo.

Yo quería terminar con aquello cuanto antes, así que tomé la corbata por sus dos extremos, mirando la talla del techo para recordar los movimientos, y en unos segundos había hecho un nudo Windsor que no pude ver, pero a ella parecía gustarle. Se puso a olisquearme.

—¿Ya no fumas? —dijo.

—También lo he dejado.

—¿Esta tarde?

—No, hace unos minutos, cuando…

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