Doble nudo (y XXVIII)

No me dejó continuar. En un movimiento rápido y preciso había soldado sus labios con los míos, una soldadura a prueba de terremotos. Nuestras lenguas se encontraron y empezaron a juguetear. Me empujaba con su cuerpo. Hubiera caído de espaldas de no ser por la barra, la sólida barra de madera del Covarrubias. Se separó para murmurar en mi oreja:

—La casa está a mi nombre. A mi hermana le queda poco para mudarse. Se va a casar con un jardinero.

—Espero que entienda de cactus.

—Vete olvidando de subir a ese avión.

—¿Qué avión?

Volvió a besarme, con mucha más intensidad que antes. Pensé si el camarero estaría cotilleando, o si estaría ocupado con la cucaracha, pero al momento pensé “qué me importa”, y me concentré en el beso, trabajándolo a conciencia, con el cariño y la dedicación de un artesano. Al menos, eso me creía yo, un artesano del beso, inventándolo en ese momento, descubriendo sus propiedades terapéuticas. Apreté su cuerpo contra el mío. Abracé el cárdigan en toda su blancura como si fueran a fusilarme, como si de aquel amarre dependiera mi salvación. Me sentía vivo, no quería soltarme, no quería caer de nuevo en el vacío de donde venía, el del mundo aburrido, el de la gente egoísta y maleducada, el de los días nublados. Noté cómo se entregaba, y aunque no sé precisar el tiempo que estuvimos en aquella postura, se me hizo muy corto. La teniente de alcalde y la Bisectriz quedaban muy lejos en el tiempo, en el siglo pasado. Olvidé todo lo que había hecho esa semana y la semana anterior. Olvidé lo que era besar y tuve que aprenderlo desde el principio, como un adolescente.

Apenas despegamos los labios, ella dejó ir un suspiro, y cuando parecía que iba a empezar otra vez, se detuvo, se me quedó mirando y dijo:

—Te amo. Hijo de puta, te deseo como a nadie he deseado nunca en mi vida.

Estaba llorando. Atrapé una de sus lágrimas con mi dedo índice, sin apenas tocar su cara. Le tomé las manos y se las besé, y después me las coloqué en las mejillas, porque estaban frescas y yo sentía mucho calor. Ella se agarró a mis orejas. La miré un buen rato, ofreciéndole la mejor de mis sonrisas, pero eso la hizo llorar más, así que la volví a abrazar, le rasqué la parte trasera de la cabeza y le susurré nuestra canción. Podía oírla gemir como coro a mis estrofas, pero continué, como un loco, embriagado a más no poder, guiado por una fuerza superior, y el local se había hecho pequeño, o nosotros grandes, o estábamos flotando en aquel café, que sin remedio me pareció el lugar más hermoso del mundo, y me prometí colocar una placa de bronce que lo dejase bien claro, allí, sobre la barra, para que todo el mundo lo supiera.

Entonces empezó a llegarme una música, que primero sonaba indecisa y fue lentamente ganando confianza, un saxofón, pero más dulce, resonando en un rincón del café. Cerré los ojos para escucharlo con toda nitidez. Parecía como si las paredes y la talla del techo se hubieran puesto de acuerdo para brindarle la mejor acústica, como si para ellas fuera un honor hacer rebotar aquellas notas de ensueño. Una frase tras otra, aquella melodía me fue cautivando, no sé si llevaba muchos armónicos o si eran notas picantes. Aquel tipo lo había conseguido, y todo parecía estar en armonía: los camareros, los clientes, las mesas y las lámparas. Todos orbitaban en torno a esa melodía, y nosotros en el centro, como una tarta de cumpleaños.

Sin abrir los ojos me puse en pie, apoyé la cabeza de Violeta en mi hombro y empezamos a bailar un vals. No sé si el saxofonista tocaba algo parecido a un vals, pero es lo que bailamos. El baile más extraño, emocionante y arrebatador que se pueda imaginar.

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