Ternadas (I)

En Caujaringa, al sur del estado de Dragones, en el año al que se refiere esta crónica, una mujer con bigote pedía oro, por caridad, a las puertas del penal, para sacarle a su marido varias muelas que se le habían corrompido casi al mismo tiempo. A su lado, un pastor alemán y un bulldog se disputaban la casulla de un cura recién desvalijado a dos manzanas de allí, por cortesía de tres adolescentes que apestaban a colonia. La casulla, desde luego, no era la que traía puesta el cura, que vestía de clériman, sino una que había prometido llevarle al párroco de Bustelo. Los adolescentes no encontraron utilidad a la prenda, por lo que la arrojaron como el que lanza a volar una cometa, después de abandonar la escena del robo y después de amenazar al cura como Dios manda, es decir, de muerte, por cualquier cosa que contase, a pesar de que el robo se había producido a pleno día y a la vista de testigos. Cuando el cura llegó donde los perros, se quedó un buen rato de plantón, rumiando algo terrible, mientras los veía debatir por la prenda sustraída, dándole bocados, marcándola con sus patas. No hay casulla que aguante un forcejeo como aquel. Una mujer, cargada con un cubo y varias dosis de buena voluntad, desmanteló la trifulca perruna a base de agua fría. Los remojados lomos caninos aullaban de rabia, se sacudían sin freno, pateando la remojada casulla. Sin dejar de ladrar, cada perro escapó en una dirección. El uno, casi atropella al cura; el otro, esquivó a la mujer del mostacho, siguió corriendo, dobló la esquina.

El cura habló con la mujer del bigote. La convenció para que testificara en el juicio, pues pensaba denunciar el atraco. Y también para que se hiciera cargo de la maltrecha casulla, la reparase como merecía, y la hiciese llegar, en impecables condiciones, al párroco de Bustelo, no más tarde del siguiente lunes. Se dictó orden de busca y captura contra los adolescentes y contra los perros. Los adolescentes cayeron esa misma noche. Para entonces, ambos perros habían sido sacrificados de un hachazo en el cuello. Los adolescentes, por reincidencia, se enfrentaban a penas algo serias. El testimonio de la mujer del bigote los iba a crucificar. Primero, los encerraron juntos en un calabozo donde había otros presos. Cuando fueron a buscarles, para reubicarlos en celdas separadas, ya habían diseñado un plan al que se ceñirían estrictamente durante el interrogatorio. El párroco de Bustelo mencionó los hechos en el sermón dominical, algunos dicen que muy contrariado, pidiendo justo castigo para los culpables, ahí todavía presuntos culpables.

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4 thoughts on “Ternadas (I)

  1. Muy buen inicio. Cargado de imágenes muy nítidas y, al mismo tiempo, de otras lo suficiente difusas como para ser atrayentes. No sé qué me desconcierta más: que no me sorprenda que un padre pida castigo y use su iglesia como medio de adoctrinamiento (lo cual, creo, es mal augurio) o que durante todo el tiempo que imaginé a la mujer con bigote no pude evitar pensar en personajes dibujados con acuarelas, que se deforman; como si no pudiera imaginarme una simple mujer con bigote jajaja.

  2. Al igual que Daniel no he podido dejar de imagiar a la mujer del mostacho, la imaginé con su bigote, un delantal y tal vez hasta con un diente de oro.

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