Ternadas (V)

La gravedad del asunto se cobró la cabeza de tres ediles de una concejalía que aglutinaba deportes y cultura. Tres en menos de cinco semanas. El que nombraron después, hay que decir que lo tuvo fácil. No tan fácil como pueden pensar los listos que hay en todos los mentideros, pero sí más cómodo que sus breves antecesores, ya que la inestabilidad en el ayuntamiento empezaba a ser la pesadilla de vecinos y concejales, por lo que todo el mundo fue más benévolo con él, empezando por el alcalde. Sin embargo, este concejal, familiar por vía materna del párroco de Bustelo, no necesitaba indulgencias. Era hombre de carácter y tenía muy claro el plan que pretendía llevar a cabo.

El plan se podría resumir en una palabra: disciplina. El concejal aseguraba apostar por la auto-disciplina como valor supremo del ser humano, a falta del cual habría que aplicar la disciplina. A modo de inversión de la navaja de Occam, ante la duda había que preferir lo eficaz a lo eficiente. Así de urgente era la situación, que el concejal calificaba de guerra cultural, de cruzada para sanear los pilares de la vida en comunidad, base de la supervivencia en este peligroso planeta. Se retomaría el castigo, el escarmiento, la vara, los azotes. Castigos terribles, pero evitables con una buena disciplina y responsabilidad. El mensaje sería que había que ser listo para no terminar magullado. Desde luego, esto no se especificaría en las ordenanzas —sólo faltaba eso, ir dejando papeles impresos de los que arrepentirse—, sino que se redactarían en la típica jerga ambigua de estos casos. Algo así como que “el concejal en ejercicio del cargo podría, siempre que lo considerase necesario, tomar las oportunas medidas disciplinarias, con arreglo a las leyes y los principios constitucionales, bla bla bla”. El típico papel mojada, vaya.

Los menores de la Caujaringa no tenían elección. ¿Qué podían hacer, escaparse de sus casas y marcharse a vivir junto al río?, ¿liarse a golpes con los adultos, a las claras superiores en número y fuerza?, ¿protagonizar una huelga de hambre, ellos que no eran capaces de aguantar la más mínima incomodidad? Nada de eso. Se acostumbrarían a la disciplina. Después de todo, uno no deja de querer a sus padres por unos azotes ahora o más tarde, siempre que estos se vean justificados. Me refiero a que se vean como algo que sucede después, y a consecuencia, de un acto que, en frío, se pueda considerar merecedor de sanción. Ya que, por lo demás, nadie va a considerar justo su castigo. Y si no, que le pregunten a cualquier recluso si cree que es justa su condena. Los jóvenes del pueblo se acostumbrarían. Encontrarían más productivo cultivar otras vías para conquistar el favor paterno, como la seducción.

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2 thoughts on “Ternadas (V)

  1. Así, entre eufemismos y papeles borroneados queda escrito el discurso y el lema: «la letra con sangre entra».
    ¿Si los jóvenes están en la picota, los adultos son los jueces? ¿Las generaciones definen los bandos?

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