Ternadas (VI)

Los padres también recibieron lo suyo, aunque no fueron azotes. En el centro social del pueblo, situado en la planta baja del nuevo ayuntamiento —donde pronto se iban a reanudar las clases de costura y baile de salón—, se impartieron charlas sobre educación paterna. Charlas para aleccionar a los padres a pasar todo el tiempo posible con sus hijos, a participar con ellos en juegos, a escucharles, a conversar con frecuencia para que no percibieran un futuro castigo como un acto de sadismo. Porque lo que se dice castigos, iba a haber. Las ordenanzas se hacen para cumplirse. Aunque luego se las ignore, siempre sirven a algún fin.

El plan de ordenanzas del edil, no sé si por sus lecturas o por tradición familiar, se inspiraba en varios modelos. El primero era militar, y no el de cualquier ejército, sino el de Prusia en tiempos del rey Federico, el Grande, íntimo amigo de Bach. Eso sí que era un ejército con disciplina. ¿Pretendía el concejal aplicar esa misma disciplina en el pueblo, hasta sus últimas consecuencias? La cosa prometía. Quiero decir que el concejal se estaba metiendo en aguas fangosas y el desenlace era como para no perdérselo. Otro modelo era la milicia de Esparta, y aún se podrían citar más, como el código de la marina británica de Su Majestad en el siglo XVIII, pero ¿para qué aburrir? Todos tenían algo en común: corregían el problema a un coste elevado. En otras palabras: combatir avispas con cazabombarderos. Como se ha dicho antes, se decidió respaldar la eficacia probada de estos modelos, entre tanto se daba con una solución más eficiente, con algo que corrigiera el problema sin tener que recurrir a la fuerza. El edil, también se ha dicho, tenía las ideas claras: la brutalidad formaba parte de la primera fase. Sólo de la primera fase. Después, los menores sabrían a qué atenerse y el número de castigos caería en picado. Era algo comprobado, decía, aunque no dijo quién lo había comprobado.

Para disipar cualquier duda, el concejal convocó una tarde-noche a los adultos del pueblo, padres, tíos, abuelos, en el salón de plenos del ayuntamiento, flanqueado en el estrado por sus asesores, con una botella de agua delante, de la que pegaba un sorbo de tanto en tanto.

―¿Queréis a vuestros hijos? ―decía.

La pregunta era retórica, pero alguien contestó que sí.

―Coincidimos en que a todos nos gustaría ver a los jóvenes de esta villa, que tanto queremos, convertidos en verdaderos ciudadanos. Mujeres y hombres educados, correctos, atentos, amables. Pero para eso, es necesario que adquieran disciplina. Nada mejor que la disciplina que lleva uno dentro para afrontar la vida en todas sus facetas. En el trabajo, el respeto y las buenas formas con los jefes y compañeros, contribuyen a mejorar el clima laboral, además de la productividad. En la familia, las buenas formas contribuyen a la paz, tan necesaria en todo hogar para crear estabilidad emocional, y mejoran la comunicación. En la calle o en el comercio, nuestras relaciones mejoran en calidad cuanto más cortesía ponemos. Una persona virtuosa y dueña de sí misma es querida, y recordada por todos los que tienen la suerte de tratarlo. Un tesoro. ¿Queréis ese tesoro hecho realidad?

Ahora, todos contestaron al unísono que sí.

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6 thoughts on “Ternadas (VI)

  1. Hace poco leí, por cierto, que el modelo espartano tenía su origen en que eran un pueblo poco numeroso rodeado a pequeñas aldeas muy numerosas que les rendían tributo. Sabían que se les podían alzar en cualquier momento y por eso tenían que ser ellos los más fuertes.
    Su fuerza bruta venía de su vulnerabilidad , sitio del que parece venir casi siempre la fuerza bruta. De eso y de no encontrar métodos más razonables, aunque también hay que decir que, tantos siglos después del Siglo de la Razón, la gente sigue sin volverse razonable, así que este tipo de desplantes medievales son parcialmente comprensibles.

  2. La psicología ha estudiado por años cómo funcionan los procesos de dominación y de sumisión. Quizá uno de los experimentos más “terribles” pero ilustrativos sobre ello sea el que se llevó a cabo en una cárcel (y a la pantalla grande), en el que personas comunes y corrientes adoptaron el papel de presos y de policias. ¿El resultado? Que los presos terminaron comportándose como presos porque los que tenían el rol de policías … comenzaron a ejercer el poder con tortura y humillación. Así que, no me sorprende en lo absoluto que aquí recurran a la idea de que el miedo funcione, porque funciona, y porque como diría Ibañez, el poder transmite también sus formas de ejercerlo, y por más medievales que sean los métodos que se utilizan, se siguen usando porque son inherentes al poder mismo. Me gusta que tu relato sea tan “real” que tome en cuenta ese detalle, de la historicidad del poder y de la tortura, lo hace sin duda más verosímil e interesante.
    – al fin me estoy poniendo al corriente ajajaja-

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