Ternadas (VIII)

El volumen del sonido volvió a descender cuando Rodrigo recuperó sin prisa el turno de palabra:

―Hay mucho que matizar, claro. Yo quiero subrayar una cosa: aunque el problema sea serio, no se trata de volvernos, de repente, serios y gruñones. Eso no sería educado. Nadie está obligado a ser pesimista. Pero sí que es recomendable, por ejemplo, despejar los pájaros en la cabeza que tienen nuestros hijos. Combatir el optimismo, vamos.

El concejal volvió a la carga, imprimiendo a la charla un dinamismo de pieza teatral:

―Por sus frutos los conoceréis, dice la Biblia. ¿Queréis esos frutos? Sólo buenos padres harán buenos hijos. Eduquemos a los padres, dice cualquier intelectual, y eso vamos a hacer. Tened presente que, en última instancia, se trata de ser firmes.

La votación que tuvo lugar después, se saldó con una mayoría abrumadora a favor de las medidas, pese a que fueron leídas por encima y se abrevió más todavía en atención a varias quejas de los asistentes ―eso sí, muy educadas―. El párroco de Bustelo, que estaba tramitando su traslado allí para continuar la labor de su malogrado amigo el cura (una labor que este ya no habría de ver, pero que celebraría desde lo alto), realizó una breve y concisa intervención para dejar claro que aquellas medidas también las respaldaba él, en nombre de la Iglesia, citando a Cristo como modelo de todas esas virtudes que se quería implementar en la juventud local. Recordó cuánto bien hizo la ataraxia, el estoicismo, a San Agustín y a San Ignacio de Loyola. Cuando se levantó la sesión, ya con las ordenanzas dispuestas para entrar en vigor al día siguiente, los vecinos salieron del ayuntamiento en perfecto orden y se dispersaron por las calles de Caujaringa.

A primera hora de la mañana siguiente, todo habitante del pueblo en edad de escolarización se encontraba sentado en el salón de actos de la escuela municipal, con su habitual desgana, frente a un comité de educadores que, amparados por las ordenanzas recién aprobadas, se disponían a aplicar el método disciplinario. Para empezar, los alumnos recibieron una filípica a cargo del señor Gil, profesor de Lengua y Literatura, en torno a la necesidad de tomar conciencia de la situación:

―En esta tierra que no pisaron los elefantes de Aníbal camino de los Alpes, de la batalla de Cannas; aquí donde ningún rey franco decidió levantar un castillo donde sus huestes comieran y orinaran, rieran y vomitaran; aquí donde, a mediados de agosto, hace ese sol y esa luz que derrite los relojes de pulsera; en este escenario fácil de superar en cuanto a diseño, pero al mismo tiempo atractivo, qué duda cabe, para el turista palurdo y garrapata que acude todos los veranos; en esta tierra, señoritas y mancebos, está pasando algo muy grave.

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5 thoughts on “Ternadas (VIII)

  1. Me ha surgido una duda, José. ¿Lo haces todo junto y luego lo divides o lo haces así, en partes?
    Porque cada parte me parece tan definida con respecto a las otras, que me pareciera que lo haces de la 2da forma, y si lo haces de la primera, te juro que me pondré de pie por saber marcar tan bien las sutiles diferencias temáticas.

    ¿Recuerdas lo que mencioné en las partes anteriores sobre el poder? Pues, en este me parece que es un aspecto distinto el que salta a la luz, sobre todo en el poder moderno-occidental: la falsa ilusión de libertad.

    “Hay mucho que matizar, claro. Yo quiero subrayar una cosa: aunque el problema sea serio, no se trata de volvernos, de repente, serios y gruñones. Eso no sería educado. Nadie está obligado a ser pesimista. Pero sí que es recomendable, por ejemplo, despejar los pájaros en la cabeza que tienen nuestros hijos. Combatir el optimismo, vamos.”

    Me parece magistral como, con tal naturalidad, Rodrigo les muestra que, de inicio, “nadie está obligado”, que “es recomendable”, y alude a metáforas amables como “despejar los pájaros”, que minimizan el acto de dominación que se está por ejercer. Una forma de controlar a una masa es hacerle creer que piensa como su dominador, que sí es necesario, y creo que aquí se da ese caso, pues realmente es convincente: está preocupado, no quiere obligar a nadie y además tiene sustento lo que pretende hacer – se avala de la historia y de la teoría -.

    Esto es como un cuento de terror.

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