Ternadas (XI)

Llegó a Caujaringa el segundo día del plan de choque. Nadie le esperaba, nadie le reconoció. Sus padres y profesores sabían que había terminado su estancia en el internado, pero su paradero exacto era una incógnita alimentada por numerosos rumores. Se había dejado crecer el pelo, ni mucho ni poco, y su mueca seria y las cejas pobladas se afanaban por hacerle parecer malo, sin éxito. Entró en el bar de la plaza, se sentó en una mesa y se dedicó a escuchar las conversaciones de la barra, mientras bebía de tanto en tanto de su jarra de cerveza. Eran las doce y media de una mañana soleada que estaba dejando de serlo. El bar se vació. Él recordó sus andanzas en Pirarcas, el año anterior. El día que fue a la cita con Rheinstrosand en el cruce de calles del barrio de San Cosme.

—¿Cómo te llamas? —dijo Rheinstrosand.

—Heli.

—¿Heli qué más?

—Ternadas.

—Muy bien, Heli. ¿Qué quieres?

—He leído el Libro. Quiero colaborar.

—¿Quién te dio mi dirección?

—Nadie.

Rheinstrosand no dijo nada, pero siguió mirándole a los ojos.

—Fui a la charla —dijo Heli—, en el local de Cañadas. Después, te seguí.

—¿Eres del barrio, de Cañadas?

—No. Vivo en Guadingres. En el internado.

—¿En ese…? Eso es peor que la cárcel.

Llegaron dos hombres con camisetas sin mangas y el pelo muy corto.

—Vamos a una manifestación —dijo Rheinstrosand—. ¿Nos acompañas?

Él seguía mirándole a los ojos sin responder.

—Muy bien, Heli. Tú irás con ellos en el coche. Nos encontraremos allí.

Rheinstrosand dio media vuelta y se alejó. Él se lo quedó mirando con odio, con el mismo que sentía por sus padres, y hubiera llorado de rabia si aún tuviera catorce años. Respiró hondo y apretó los puños, mientras los pelicortos le indicaban el camino del coche. Al llegar a la esquina, uno de ellos le hizo la zancadilla y ambos empezaron a golpearle con saña. Él atrapó el pie del más alto y estiró con fuerza, haciéndole perder el equilibrio. Después, giró sobre sí mismo, y cuando iba a ponerse en pie, el otro le envió una patada al pecho. La esquivó y le dio un empujón. Una vez de pie, golpeó la mandíbula de aquel tipo con todas sus fuerzas. Fue por el alto, que había caído mal y se había golpeado la cabeza. Le propinó una patada en la entrepierna y se alejó de allí. Tres horas más tarde llegaba al internado.

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4 thoughts on “Ternadas (XI)

  1. Jajajajajajajaja
    Un revolucionario que nació siendo un chiquillo que el sistema no pudo domar, porque no se dejó por más que lo intentaron. A veces me pregunto qué tanto se debe a la gente que dice “no quiero esto, y quiero que se cambie; no para mí, sino para todos, lo quieran o no” el que haya cambios en la sociedad cada cierto tiempo. Lo que me intriga, me entristece y a la vez me da risa.

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